Opinión | El trasluz
Simetrías invisibles

Imagen de archivo de un hombre paseando. / ÓSCAR GIMÉNEZ
Un día sales de casa cinco minutos más tarde de lo habitual y de pronto todo parece desplazado, como si un jueves, al despertarte, los muebles hubieran cambiado de lugar. La calle ya no encaja del todo con tu estado de ánimo, ni el aire con tu respiración. Immanuel Kant salía a pasear siempre a la misma hora por las calles de Königsberg. Imagínenlo ajustándose el abrigo con una precisión quirúrgica, cerrando la puerta de su casa con el mismo gesto de ayer y de mañana, como si en ese gesto se jugara algo más que la simple salida al exterior. Se dice que los vecinos y los comerciantes de la zona en la que vivía ponían en hora sus relojes al verle pasar.
La rutina, cuando se ejerce con esa obstinación, constituye una forma de resistencia. Una manera de oponerse al desorden natural de las cosas. La monotonía es una declaración de principios. Cada gesto idéntico al anterior es una victoria mínima contra la tendencia universal a la dispersión. Basta un pequeño desliz para que todo se resquebraje. Imagino a Kant saliendo un minuto más tarde. Solo un minuto. No diez, no media hora: un minuto apenas perceptible. Y, sin embargo, en ese retraso microscópico, el mundo entero se desajusta. El panadero mira su reloj y duda. El frutero también. El propio tiempo, desconcertado, titubea un instante antes de seguir avanzando. Hay en todo esto algo inquietante: quizá no fuera Kant quien se ajustaba al mundo, sino el mundo el que se ajustaba a Kant. Quizá su paseo no fuera un mero hábito, sino un eje en torno al cual se articulaba la realidad. La gente que se cree libre por llegar tarde a una cita o por cambiar de ruta sin motivo alguno, no hace sino colaborar, sin saberlo, con la entropía.
Cuando algún día salgo un poco más tarde de casa para dar mi paseo matinal, me ataca la impresión de estar contribuyendo a una catástrofe silenciosa, a un desastre invisible. No se cae ningún edificio a mi paso, no se rompe el cristal de ninguna ventana, pero alguna simetría invisible, alguna concordancia secreta, se pierden para siempre. Y ya no hay manera de volver a colocar del todo bien ese mueble que alguien, tal vez yo mismo, dejó fuera de lugar antes de irse a la cama.
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