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Opinión

Ingobernable

En ocasiones aparecen movimientos que, a través de la violencia, aceleran la historia, llevándola al desastre. Pero, en sociedades democráticas, la gradualidad (el paso a paso) es más efectivo para destrozarlo todo sin que la sociedad se escandalice en exceso

Balogun se lamenta tras ver la roja

Balogun se lamenta tras ver la roja / EFE

Los pactos de convivencia no se derrumban, normalmente, a mazazos. Más bien, para demoler lo que durante décadas y siglos se ha establecido, se necesitan pasos graduales. Más sutiles pero constantes. Aparentes nimiedades que, sin embargo, desestabilizan los cimientos de lo consensuado, poniendo en duda los marcos de entendimiento. Y también de proyección de futuro. En ocasiones aparecen movimientos que, a través de la violencia, aceleran la historia, llevándola al desastre. Pero, en sociedades democráticas, la gradualidad (el paso a paso) es más efectivo para destrozarlo todo sin que la sociedad se escandalice en exceso.

El “Escándalo Balogun” simplemente es uno de esos pasos. Un atrevimiento aparentemente sutil que esconde un terremoto similar, disculpen las comparaciones, a la puesta en duda de la credibilidad de los resultados de unas elecciones en una democracia (llámese EEUU o llámese España) o a la falta de autoridad de la ONU o de la Corte Penal Internacional para dictaminar que es lícito o no en la esfera internacional.

Y ahora dirán ¿toca este contenido en un periódico deportivo? Y la respuesta es que sí y que si no ven la justificación es que su mirada del deporte, por ingenua, roza la ignorancia. Existen hoy pocos espacios más políticos (y politizados) que el deporte, más si cabe el fútbol. Si había alguna duda, el comportamiento lacayo de Infantino se ha encargado de disiparlo. Y ya está, no perderé mucho más tiempo en profundizar en una idea irrefutable, tan incuestionable como que la tierra es ovalada o que Marcos Llorente es un peligro para la salud pública.

Balogun, hijo de inmigrantes nigerianos residentes en Londres. El sistema acepta la diversidad solo cuando puede explotar laboralmente (maximizando los beneficios) a los migrantes o descendientes de migrantes. Su nombre quedará ya aparejado a un escándalo, a la confirmación de que lo aceptado como entretenimiento nunca deja de ser, también, una visión determinada y sesgada del mundo. Con intenciones e intereses.

Hay una forma de interpretar la política que se expande por el mundo. En algunos rincones se crean cordones sanitarios, en otros se les facilita el acceso a las instituciones, dando carácter de oficialidad al caos. En todos los sitios, sin embargo, aparece un mismo patrón de comportamiento que, por ejemplo, instrumentaliza el concepto de justicia y rompe todas las normas de comportamiento para favorecer un síncope moral en el que todo sea aceptable.

El fútbol, ese vocabulario que muchos y muchas amamos porque hablamos desde la infancia, sigue puro solo en espacios alejados de la mercantilización, que siempre llega acompañada de los conflictos de intereses. Sin embargo, incluso en esas esferas, donde la corrupción ensucia la esencia que alimenta los sueños de los cándidos, sigue habiendo cierto espacio para la revolución, como demostró una selección de Bélgica que, más allá de apabullar a los norteamericanos en el terreno de juego, se mofó de su autócrata presidente en la celebración.

Y es que el fútbol es política pero también es una expresión cultural donde la sátira derrumba a los poderosos con el humor de lo inesperado. Los despachos seguirán sometidos a la corrupción de los sátrapas pero el fútbol, en el césped, es ingobernable.

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