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Opinión

Trofeo Limón

Los jugadores del Valencia CF celebran el gol de Ugrinic al Newcastle en el Trofeu Taronja

Los jugadores del Valencia CF celebran el gol de Ugrinic al Newcastle en el Trofeu Taronja / F. BUSTAMANTE

El Trofeo Naranja quiso ser una fiesta y acabó convertido en un Trofeo Limón. Ácido, agrio y con poco que celebrar. Hubo una buena entrada en Mestalla, ganas de ver al nuevo Valencia y hasta el presidente Kiat Lim en el palco –que merece un capítulo aparte-, pero el césped volvió a poner delante de todos una realidad que empieza a preocupar: faltan fichajes, faltan soluciones y, sobre todo, falta fútbol.

El Valencia perdió 1-2 ante un Newcastle que ni siquiera necesitó apretar demasiado para llevarse el trofeo. Los ingleses jugaron a medio gas durante muchos minutos, pero tuvieron ocasiones suficientes para sentenciar el encuentro varias veces. Perdonaron la vida al Valencia y, aun así, acabaron ganando. Ese dato debería decirlo casi todo. Pero el problema no es perder contra el Newcastle. El problema es cómo pierde el Valencia.

Un equipo al que le cuesta generar, que tiene enormes dificultades para sacar el balón, que defensivamente genera dudas, que ofrece muy poco arriba y que transmite la sensación de estar todavía a medio construir cuando la temporada está ya a la vuelta de la esquina. Y aquí aparece la pregunta inevitable: ¿Por qué sigue sin tener identidad este equipo?

Porque los fichajes no pueden ser un complemento. Son una necesidad. Pero no son el único mal de este año futbolístico que recién empieza.

Mestalla volvió a reclamar incorporaciones y también volvió a mostrar su descontento con la gestión deportiva en manos de un Carlos Corberán que sigue sin agradar a la parroquia valencianista. Da igual que sean los abonados de siempre o los excepcionales del Trofeo Naranja: no lo quiere nadie. La afición acudió, respondió y cumplió. El Valencia, en cambio, no estuvo a la altura de una noche que debía servir para ilusionar.

Los pitos al técnico fueron evidentes. La grada ya empieza a cuestionar algunas de sus decisiones y, aunque sería absurdo cargar sobre el entrenador toda la responsabilidad de una plantilla claramente limitada, Corberán tampoco puede esconderse eternamente detrás de las carencias del equipo.

El Valencia tiene que jugar mejor. Tiene que competir mejor. Tiene que transmitir más.

Y ayer transmitió demasiado poco. Sobre todo porque la pretemporada a nivel físico ha sido paupérrima y el aluvión de lesiones que se avecinan puede ser alarmante. Son muchos los futbolistas que, off the record, transmiten que no ha habido una buena preparación y que eso puede afectar el rendimiento a corto plazo del equipo. Se señala mucho a los servicios médicos, pero todo parte de una preparación física cuestionable y unas decisiones con algunos futbolistas impropias de un entrenador que debe cuidar su estado de salud.

Pero si hubo una imagen que resumió la noche, esa fue la de José Luis Gayà. El capitán acabó expulsado después de una durísima entrada que, además, provocó la lesión de Elanga en la misma acción. Una acción impropia de un futbolista de su experiencia y que dejó al equipo en inferioridad cuando más necesitaba tranquilidad.

Gayà, que debería ser uno de los grandes referentes del Valencia, terminó siendo otro de los focos de las críticas. Yo no dudaré nunca del compromiso de Gayà, pero sí que es cierto que no empezó con buen pie en la presentación de corto ante la afición.

Y así terminó el Trofeo Naranja: con el público respondiendo, con un rival que perdonó lo que no suele perdonar un equipo de su nivel, con un Valencia que sigue esperando fichajes y con su entrenador señalado.

Demasiadas preguntas y muy pocas respuestas. Solo el golazo de Ugrinic hizo tener un atisbo de ilusión, que duró tan poco como Gayà en el campo.

No era una final. No se jugaba ningún título importante. Era un amistoso. Pero tampoco conviene esconderse detrás de esa etiqueta. Los amistosos sirven para detectar problemas antes de que empiece lo serio. Y el Valencia ha dejado unos cuantos encima de la mesa.

Quizá por eso este año el trofeo no debería llamarse Naranja. Le pegaría más Trofeo Limón.

Porque la noche fue agria. Y porque, a estas alturas, Mestalla necesita algo más que buenas entradas y buenas intenciones: necesita un equipo que ilusione.

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