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Opinión

Un baño en Riazor

El problema no es perder contra el Deportivo. El problema es que el Deportivo le ha dado un baño de fútbol al Valencia. Me da igual que sea por dejadez del Valencia CF o por mérito del conjunto gallego, pero lo de ayer fue un baño en toda regla. Un sobo. Un tute de arriba para abajo

Jesús Vázquez, en el suelo de Riazor

Jesús Vázquez, en el suelo de Riazor / EFE

La playa de Riazor es fantástica y preciosa, pero no sé si tanto como para visitarle y que te den un baño de tal magnitud. Hay derrotas que pueden explicarse por un mal día, por un error puntual o porque el rival ha sido simplemente mejor. Lo ocurrido en A Coruña, en el estadio de Riazor, sin embargo, va mucho más allá. El 3-1 ante el Deportivo de La Coruña, un recién ascendido, deja al Valencia CF en una situación tremendamente preocupante después de sumar apenas un punto en las primeras jornadas y, sobre todo, deja una sensación que debería hacer saltar todas las alarmas: otro año más luchando por no descender.

El problema no es perder contra el Deportivo. El problema es que el Deportivo le ha dado un baño de fútbol al Valencia. Me da igual que sea por dejadez del Valencia CF o por mérito del conjunto gallego, pero lo de ayer fue un baño en toda regla. Un sobo. Un tute de arriba para abajo. Le ha superado tácticamente, le ha ganado los duelos, ha sabido dónde hacer daño y ha demostrado tener mucho más claro qué quería hacer con y sin balón. Mientras el conjunto gallego parecía un equipo trabajado y con una idea definida, el Valencia ha vuelto a transmitir la sensación de ser un grupo de futbolistas que corre detrás de los acontecimientos sin encontrar soluciones. Y después de tres jornadas jugadas, ya no parece una casualidad.

Aquí Carlos Corberán tiene que asumir una parte importante de responsabilidad. Se puede entender que una plantilla tenga carencias, que falten fichajes o que determinados jugadores todavía tengan que adaptarse, pero un entrenador debe conseguir que su equipo tenga unos mecanismos reconocibles y, a estas alturas, cuesta muchísimo identificar qué quiere ser este Valencia. No puede ser que salgas con tres centrales y te las hagan de todos los colores. No puede ser que sea tan previsible el equipo. No puede ser que no tenga nada de gol ni genere para ello. Es que ha llegado a un punto en que no sabemos si pretende presionar arriba, dominar mediante la posesión, jugar al contraataque o buscar un fútbol más directo. Hay momentos de todo y, al final, ninguno termina imponiéndose. El equipo no transmite una filosofía, una estrategia ni una personalidad propia.

Y lo preocupante es que esto no parece estar cambiando con el paso de las jornadas. El Valencia ya dejó dudas ante el Celta –pero puntuó- y volvió a mostrar enormes carencias contra el Betis –y palmó-. En Riazor esas dudas se han convertido en una evidencia. Corberán tiene que encontrar soluciones y demostrar que realmente es el entrenador sobre el que se puede construir un proyecto. Porque no basta con hablar de intensidad, trabajo o competitividad: el equipo tiene que jugar a algo y, sobre todo, tiene que parecerse a algo. Y ahora viene el Barça.

Pero sería demasiado fácil responsabilizar únicamente al entrenador. Ron Gourlay también debe dar muchas explicaciones. El CEO de fútbol es el máximo responsable de la planificación deportiva y la realidad es que la plantilla presenta demasiadas carencias. Falta calidad, falta talento diferencial y faltan futbolistas capaces de cambiar un partido cuando el juego colectivo no funciona. No se trata únicamente de incorporar jugadores por incorporar; se trata de construir una plantilla coherente con una idea futbolística. Y ahora mismo ni siquiera sabemos cuál es esa idea. La desesperación ha llegado hasta tal punto que Raba es el último de los cambios valencianista… ¡Raba! ¡Que el año pasado no jugó ni media hora porque Corberán le cogió manía!

El Valencia necesita fichajes, sí, pero necesita algo todavía más importante: una estrategia. No puede afrontar otra temporada esperando que los jóvenes o la potra solucionen todos los problemas, que determinadas apuestas funcionen o que el entrenador sea capaz de hacer milagros con una plantilla limitada. Un club de la dimensión del Valencia no puede convertir cada temporada en un ejercicio de supervivencia y esperar que todo salga bien.

Y mientras en los despachos se decide qué plantilla se quiere construir, la clasificación empieza a enseñar una realidad que nadie debería ignorar: un punto de nueve. Es cierto que estamos empezando la campaña y queda prácticamente toda la temporada por delante, pero arrancar así obliga a reaccionar inmediatamente. Porque un mal inicio puede corregirse cuando todavía hay tiempo, pero si las dudas se convierten en dinámica, entonces el problema puede crecer hasta hacerse mucho más difícil de solucionar.

Lo de Riazor debería servir como una bofetada de realidad para todos. Para Corberán, porque tiene que conseguir que este equipo tenga una identidad. Para Gourlay, porque tiene que completar una plantilla que claramente necesita más calidad. Y para el propio Valencia, porque no puede seguir funcionando sin un rumbo deportivo claro.

El Deportivo ha ascendido y, sin embargo, ha parecido un equipo mucho más preparado que el Valencia. Esa es la parte que más debería doler. No el 3-1. No los tres puntos perdidos. Sino la sensación de que un recién ascendido sabía perfectamente a qué quería jugar mientras el Valencia todavía sigue buscando quién quiere ser.

Y cuando después de tres jornadas tienes un punto, apenas generas fútbol y tampoco eres capaz de explicar qué identidad tiene tu equipo, ya no estamos hablando de mala suerte. Porque está bien ir a Riazor a bañarse, siempre que el baño no te lo den a ti.

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