31 de mayo de 2011
31.05.2011
VICENTE FURIÓ

Un genio del balonmano

Tras ocho años en División de Honor dijo adiós con suma discreción. Desde su marcha, para mí, escribir de balonmano me resultaba más aburrido

31.05.2011 | 02:27

Vicente, de esta lesión no salgo», me dijo hace unas semanas Paco Claver, con una entereza que me emocionó. Así era: claro en el mensaje, sin dobladuras en su conducta y contundente en su análisis. Nos ha dejado uno de los jugadores más geniales de la historia del balonmano valenciano y como sucede con las actividades minoritarias, no se le ha reconocido en vida todo lo que hizo por la promoción de este deporte, por su carácter pedagógico, por su saber estar, por ser fiel y cercano a sus amigos.

Nada desapercibido
Empecé a tener conocimiento de Paco Claver en agosto de 1975, cuando publiqué en el diario ´Levante´ mi primer trabajo sobre el Club Balonmano Marcol. En la órbita de este club existía Paco Claver, un joven al que se le adivinaba un gran futuro por sus cualidades: corpulencia física, habilidad y potencia en el lanzamiento que acompañaba de un salto espectacular y sobre todo, porque se trataba de una persona diferente. Era capaz de protagonizar una acción genial pero al mismo tiempo un incomprensible error. Ayudado por los técnicos César Argilés y Carlos Vilar, sin olvidarme del delegado Luis López, muy pronto empecé a fijarme en Paco Claver. Su juego me entusiasmaba y a su vez me ayudaba a construir las crónicas. Se trataba de una fuente de inspiración. Años más tarde, en 1983, Paco Claver seguía siendo un joven jugador, con cara de niño, pero ya se había convertido junto a Tarazona en dos símbolos del equipo. Sobrepasan los 100 goles por temporada. Su contribución al éxito resultaba vital. Una plantilla donde se encontraban jugadores de la calidad humana y deportiva de Sorribes, Contreras, Alemany, Beltrán, Setien, Xinillach, Botella, Vallejo, Sario, Gómez y Nondedeu, entre otros. En esta misma temporada, Paco Claver ya era el capitán, el punto de referencia para sus compañeros, técnicos, empleados y aficionados. En esta singladura, los jugadores poseían una identificación total con su club. Sin embargo, empezaba a surgir un lamento que se convirtió en crónico. «Necesitamos más ayuda del público, de las instituciones para mantenernos en División de Honor», declaraba Paco Claver. El objetivo, por el que trabajaba el Marcol y jugadores era el de llegar a los 2.000 socios pero difícil resultaba alcanzar la cifra de 400.

Brazalete de capitán
El brazalete de capitán lo lucía con orgullo y responsabilidad: «Mi obligación es dar ejemplo en todos los sentidos y servir de intermediario entre los jugadores y directivos. No es sólo un cargo de confianza de cara al entrenador sino a todo aquello que rodea al equipo». Y uno de los momentos más vibrantes de su dilata etapa como jugador se produjo en noviembre de 1983 cuando cerca de 2.000 personas rebosaron el pabellón Marcol, en la calle Benisanó de Valencia. El CB Marcol venció al poderoso FC Barcelona de Wunderlich, por 25 a 22, en partido correspondiente al campeonato de Liga. Paco Claver fue el autor de cinco de los goles. Para Paco Claver, las lesiones eran sólo una circunstancia y trataba de sortearlas como fuese con el objetivo de disputar un encuentro. Jugó con los ligamentos fracturados del dedo meñique, con sus castigadas rodillas y con múltiples dolencias. La incorporación de Vicente Calabuig a la plantilla del equipo (Caixa Valencia) trajo consigo que asumiera la capitanía en detrimento de Claver pero este despejó con claridad cualquier duda: «Calabuig posee una mayor experiencia y es lógico que vuelva al puesto de capitán. Esto no ha sido un castigo para mí ni se me ha pasado por la cabeza». Y siguió a lo suyo: marcando goles espectaculares y en todo momento al servicio del equipo.

Todo un caballero
Al llegar al inicio de la temporada 1987/1988, con 28 años, fue honrado consigo mismo y decidió dejar la práctica del balonmano. Sus castigadas rodillas le impedían seguir jugando, ofreciendo el rendimiento que su equipo precisaba. Un hombre de 1,92 metros y 105 kilos no quería dar pena por las canchas ni aprovecharse de su propia y brillante historia. Tras ocho años en división de honor dijo adiós con suma discreción. Entonces, pasó a dar clases de física y química en el colegio de los Maristas, en el mismo colegio que lo había proyectado a la élite del balonmano español. Desde su marcha, para mí, escribir de balonmano me resultaba más aburrido. Paco Claver, con sus genialidades, nos daba pie a ponerlo por las nubes o darle caña. Una acción suya equivalía al triunfo, asumía el disparo cuando nadie lo quería hacer, pero una precipitación también suya descentraba al equipo. Paco Claver aceptaba con naturalidad tanto el elogio como la crítica. Su actitud era la propia de una persona inteligente, alejada de la vanidad y asumiendo siempre su propia responsabilidad. Tanto en un caso como en el otro nunca pronunciaba una palabra más alta que la otra. Supo distinguirse como un excelente deportista. Supo defender a sus compañeros y excompañeros y nunca coartó la libertad de expresión. Más aún, ni lo intentó. Por ello, los que convivimos con él siempre lo recordaremos como todo un caballero al servicio del balonmano, del deporte y de la sociedad valenciana.

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