Lo cuenta Francisco Mena, presidente de las Asociaciones contra la Droga del Campo de Gibraltar. Existe un lugar en el que algunos niños de colegios privados presumen de padre ante sus compañeros: "Mi padre es traficante", dicen. Traficante de hachís, eso sí. Unas 4.000 personas viven en La Línea de la Concepción (62.000 habitantes) de los trabajos y la logística del tráfico de hachís, una gran industria, la más próspera de la ciudad, según las estimaciones obtenidas en asociaciones ciudadanes y fuentes policiales por CASO ABIERTO, canal de investigación y sucesos de Prensa Ibérica.

Un veterano policía con muchos años de servicio contra el narcotráfico en La Línea y el Estrecho coincide con el diagnóstico del líder vecinal. "Para algunos aquí, los narcos son Robin Hood, son como Dioses. Ha habido años en que han dado dinero a las familias para que compraran juguetes de Reyes Magos a sus hijos. Una Navidad hasta dieron diez mil euros para que pudiera haber cabalgata”. Mena añade más historias que ocurren en La Línea: "los narcos dejan mil euros a vecinos que han sido rechazados hasta por los prestamistas que se anuncian en televisión. Así los enganchan… Últimamente están pagando el recibo de la luz a gente muy humilde".

"Deja de achuchar, quillo"

Por eso, si la policía aprieta mucho, y aprieta, a los traficantes, algunos comerciantes (en La Línea todo el mundo se conoce) se acercan a ellos y les comentan con sorna: "deja de achuchar tanto, quillo, que no se vende". Porque en La Línea, cuando los narcos son los reyes se venden más jacuzzis, más bolsos de Gucci, más coches de lujo, más scooters, más zapatos, y también se hacen más operaciones de cirugías estéticas para las mujeres y las amantes de los narcos.

"Una Navidad, varios narcos dieron diez mil euros para que pudiera haber cabalgata de Reyes... Últimamente están pagando el recibo de la luz a gente muy humilde"

Los clanes de narcotraficantes de La Línea reparten empleo y riqueza en una ciudad con una tasa salvaje de paro, un 42 por ciento. Un lugar donde 11.000 personas, la mitad de los trabajadores, se ganan la vida cada día al otro lado de la verja, en Gibraltar, un muro transparente que separa dos mundos. Juan Franco, el alcalde de La Línea, 21 concejales de 25, lo dice con claridad: "No hay ningún territorio, ninguna ciudad fronteriza en la Unión Europea con unas diferencias tan grandes como las que hay entre Gibraltar y La Línea. Es algo así como Hong Kong y China".

La cloaca nacional

El alcalde, que reclama que La Línea sea una ciudad autónoma, se queja de que "todo el mundo consiente las condiciones especiales de Gibraltar, pero no se quieren esas mismas condiciones para La Línea". Franco habla y mira al horizonte que se ve desde las calles de su ciudad: "Los políticos han convertido La Línea en la zona más pobre y más miserable, la han convertido en el sumidero, en la cloaca del territorio nacional. Solo hay dos opciones: lo de Gibraltar, o lo de Marruecos".

Lo de Marruecos, el narco, el hachís, el chocolate, los jumanjis (traficantes), las kardashian (sus mujeres operadas en tres zonas erógenas del cuerpo), los Pantoja, el Messi, los Castaña... La Línea parece condenada a la pobreza y la precariedad, y al hachís como forma de salir de ella. La policía estima que la industria del narco genera "empleos directos e indirectos" para el 70 por ciento de los vecinos.

Un investigador que lleva años en el Campo de Gibraltar lo explica así: "en el tráfico de hachís hace falta más gente que en el de cocaína. Intervienen muchas personas. Es como una empresa multinacional que tiene dos divisiones, la de Agua y la de Tierra. Cada una de ellas tiene un responsable máximo que se encarga de todo. Y el dueño de la droga, o del terreno al menos, está en Marruecos".

La división de tierra

En las calles de La Línea, la escala más básica son los Puntos (personas dedicadas a observar a los policías). Un punto puede ser fijo (una casa, un kiosco, un bar) o un punto móvil, casi siempre un adolescente con una motocicleta y un teléfono móvil o un walkie talkie que le da la organización.

"Un buen punto puede ganar de 600 a 1.000 euros la noche por avisar de dónde está la policía o la guardia civil", explican fuentes policiales. "Algunos tienen ya chats de whatsapp donde se van pasando la información de dónde estamos nosotros", admiten fuentes del GRECO de la Policía Nacional, la unidad que lucha cada día sobre el terreno contra el narco en la zona, formada por 44 agentes especializados.

Un policía especializado gana alrededor de 2.100 euros al mes, la misma cantidad o algo menos de lo que se saca un punto en tres o cuatro noches trabajando para los narcos casi sin riesgo.

En los últimos años, explica Paco Mena, algunas mujeres jóvenes se están incorporando al mundo de los puntos, la infantería del narco. "Ya vemos chicas con moto, que antes iban con un novio y ahora lo hacen solas. 600 euros la noche, ¿cómo se puede incentivar a un chaval que gana eso para que lo deje?", se pregunta. Y añade que esta es ya la "tercera generación perdida" por el narco en la localidad.

Los braceros

Si un punto destaca y quiere ascender, puede convertirse en bracero. "Son los que forman las collas, la gente que recoge la droga en la playa y la lleva a los coches". Suelen ser entre quince y veinte personas para una descarga. Pueden ganar de 1.500 a 2.500 euros en una buena noche. Uno de los policías de los GRECO explica que "todo depende de la oferta. Si hay muchos voluntarios, el precio baja. Suelen esperar en una casa cercana viendo una serie de Netflix hasta que los avisan. Cada vez vemos gente más joven en las collas, gente que no respeta el principio de autoridad y si ve un coche de la Guardia Civil, lo embiste”.

Cuando el hachís está cargado intervienen los conductores o transportistas. “Pueden ganar 15 o 20 mil euros por una buena descarga. Son personas de confianza de las organizaciones. No van a traicionarlos. Llevan la droga desde la playa hasta la guardería, que puede estar cerca o muy lejos”, explican las fuentes policiales.

Go Fast hacia Europa

La guardería es el lugar donde se deja la droga hasta que alguien viene a recogerla y llevársela a diferentes puntos de Europa por el sistema Go Fast. Cada vez el periodo de tiempo es menor, pero los dueños de la guardería reciben entre 40 y 60 mil euros por tenerla en su casa, muchas de ellas detrás de los muros de los chalets de Villa Narco, en El Zabal. Los conductores suelen ser ciudadanos magrebíes que cruzan el continente en furgonetas cargadas de hachís.

La división de agua

La división marítima del tráfico de hachís genera también cientos de puestos de trabajo en la zona. El principal es el piloto de la narcolancha (goma). "Un buen piloto puede ganar entre 30 y 50 mil euros por viaje, dependiendo del riesgo que corra y la cantidad de droga que traiga. La cosa sube por pluses, hay que ser muy duro para eso", explica Francisco Mena.

El piloto y el "notario"

En cada lancha que sale a buscar hachís a las costas de Marruecos (las buenas cuestan unos 200.000 euros) suelen ir cuatro personas acompañando al piloto. Está el gepero, que controla el gps y dice por dónde hay que ir, es una especie de copiloto, debe saber de posicionamiento, navegar de noche, no equivocarse de playa o de punto de espera… Cobra unos 15.000 euros si el viaje y la descarga salen bien.

En la goma también viaja de un tiempo a esta parte "un notario", una persona de confianza de los dueños de la droga que está allí para dar fe de lo que ocurre. "A veces los engañaban y les decían que habían tenido que tirarla al mar…", explica un investigador. El notario, casi siempre un ciudadano marroquí, puede recibir 10.000 euros por cada viaje exitoso.

Y en cada narcolancha van también dos personas de apoyo, que suelen ser "gente de confianza del piloto", que le aportan tranquilidad y pueden evitar incidentes.

En alta mar

La presión policial hace que las gomas pasen varios días en alta mar a la espera del momento oportuno para recoger y descargar el hachís. Las lanchas necesitan entonces combustible y sus tripulantes comida y bebida. Eso ha generado más puestos de trabajo en la industria del narco.

Un responsable de esa área del negocio alquila furgonetas y recluta a los petaqueros, encargados de comprar garrafas de combustible en gasolineras de la zona. Detrás de las furgonetas donde van ellos con las garrafas, siempre hay coches de contravigilancia para avisar de la presencia de la policía.

Los petaqueros cobran a comisión, un tanto por ciento de los litros de gasolina que entregan. Suelen cobrar unos 20 euros por cada garrafa. Un día bueno ganan hasta 400 euros solo por comprar gasolina.

El catering

También están los encargados del catering. Son chavales que van con los carritos de la compra al Mercadona y se hacen con comida basura y Red Bull, sombrillas y hasta tiendas de campaña para los que están en la narcholancha, esperando en alta mar para cargar el hachís. Otro grupo de personas ganan dinero transportando en otras lanchas o barcas el combustible, alimentos y sombrillas a las gomas.

El negocio funciona muy bien. Un policía recuerda cómo El Castaña, uno de los jefes de clan, le saludó en el cumpleaños de un compañero de colegio de su chaval. Eran compañeros de clase. En otra ocasión, una mujer policía tuvo un accidente de tráfico a la salida de un centro comercial con un narco al que había detenido poco antes.

Otro de los jefes, el Messi, ahora escondido en Marruecos, envía recados y mensajes a uno de los policías que más daño ha hecho a su organización. Quizá por eso muchos agentes prefieren vivir fuera de La Línea y otros no duran demasiado tiempo en ese destino.

"Aquí todos nos rozamos"

Francisco Mena resume así la situación de los que luchan en primera línea en La Línea. "El Gobierno debe declarar esta zona como zona de especial singularidad, ofrecer un plus a los policías que estén destinados aquí. Esto no es un sitio como los demás. Aquí no funciona eso que dice Isabel Díaz Ayuso sobre que en Madrid no te encuentras a tu exnovio. Si detienes a un narco, cuando lo sueltan lo estás viendo todos los días. Aquí convivimos y nos rozamos todos".

"Aquí no funciona eso que dice Ayuso de que en Madrid no te encuentras a tus exnovios. Aquí si detienes a un narco, cuando lo sueltan lo estás viendo todos los días"

El alcalde, Juan Franco, lo ratifica con una historia personal. "Hace tres o cuatro veranos, mi hermana fue a la playa de Levante a un cumpleaños con mis hijos, llegaron unos chavales, tomaron tarta, se hicieron fotos. Luego me dijeron que uno era hijo de un narco local y que si ponían esas fotos en Facebook ya tenía yo mi imagen de Feijóo con Marcial Dorado”.

Realidad paralela

Los narcos, afirma el alcalde, no se meten en política. Tampoco, contra la leyenda local, financian a todos los partidos, ni a alguno solo. "Ellos viven en su realidad paralela, tienen una visión distorsionada de la realidad, también de lo moral. Esta gente no tiene interés por la política. No han financiado políticos, que yo sepa".

Pese a las inmensas fortunas que deja el hachís, los narcos de La Línea no se van de su ciudad. "Tienen sus raíces aquí, se quedan aquí, los ves en la procesión de la Virgen del Carmen, con los niños en el colegio, sé que el padre de algún niño de la clase de mis hijos se dedica a eso. En realidad, son dos sociedades paralelas, la de los narcos y la del resto. Los ves en la feria, en Semana Santa, en algún partido de fútbol, pero no les gusta mucho mezclarse", señala el alcalde para definir esa especie de matrix entre la gente del narco y los vecinos honrados de la ciudad.

El 6 de febrero de 2018, esos dos mundos se cruzaron cuando varios narcos asaltaron el hospital de La Línea para rescatar a uno de los suyos, Samuel Crespo, que había sido herido en la detención de la Policía Nacional. El Gobierno puso en marcha un plan especial para el Campo de Gibraltar y desde julio de 2020 se han detenido a casi 7.000 personas y se han incautado más de un millón de toneladas de droga.

Más allá de la presión policial y de las medidas fiscales para la ciudad, la esperanza quizá consista en las siguientes generaciones. "Hemos perdido ya varias, hasta tres generaciones de jóvenes", coinciden Mena y el alcalde. La esperanza es que, hasta los narcos, según el alcalde, no quieren que sus hijos sigan sus pasos: "Por eso los llevan a colegios caros y privados, para que no tengan que hacer lo que hacen ellos".

Red de lealtades

Lo cierto es que el jumanji, el narco del hachís, es un héroe para muchas personas en La Línea. Genera dinero, y además la droga no se vende allí. "Muchos vecinos te dicen que nadie se ha muerto por el chocolate, y que ahora el hachís sirve hasta para tratar el cáncer, no puede ser tan malo", explica Francisco Mena, el líder vecinal contra la droga. El alcalde da un dato: "En 2018 aquí no murió nadie por la droga, en Marbella hubo 18 ajustes de cuentas, muertos a tiros". Y uno más: "Para tejer su red de lealtades en la zona, ellos dan mucho dinero, ayudan a gente y aportan cosas de todo tipo". Otra vez Robin Hood y los Reyes Magos.

Un policía gaditano recuerda que en esa idealización del narco "la película El Niño ha hecho mucho daño. Allí salía un narco guapo, joven, de ojos azules. El Nene, el traficante en el que se basaba la historia, era en realidad gordo y calvo". Hoy, en La Línea algunos hablan del final de El Nene, desaparecido hace años y del que se sospecha que fue asesinado por un grupo rival, con otro nombre. Se atreven a bromear y le dicen Bob Esponja porque, susurran, "vive en la piña, en el fondo del mar".