No siempre la línea recta es el camino más corto hacia una meta. Qué va. Las leyes de la geometría emanan de la naturaleza, pero chocan con la vida, tan compleja y variable, tan sujeta a las excepciones que cada vida es una excepción en sí misma. Cuando el domingo Paula Badosa se abalanzó sobre el cemento de Indian Wells para comenzar, en plena euforia, a digerir su propia incredulidad, la sinuosa línea de su vida trazó el más bello de los meandros. El de una mujer que arriesgó, sufrió y siguió arriesgando para perseguir la meta que con la que se retó a sí misma cuando aún tenía 15 años, ante la incredulidad de quien le escuchaba, tan descarada: “Quiero ser la número uno del mundo”“Soñaba a lo grande”, recuerda Pancho Alvariño, uno de sus primeros entrenadores, sobre el seductora ambición de aquel portento adolescente, hoy ya estrella del deporte español.

Badosa antagoniza la ortodoxia del talento que crece imparable protegido por un entorno estable y duradero. El cambio ha marcado su todavía incipiente carrera, apenas 23 años, en la que ha conocido altos, ninguno como el actual, y bajos, ninguno como la depresión en la que cayó en 2018, "presión, obligación y miedos" tras descorchar el entusiasmo nacional, ganadora de Roland Garros juvenil un año antes. "Era un juguete roto que estaba en un túnel muy oscuro", según confesó Xavi Budó, su entrenador por aquel entonces, sobre una mujer hoy elevada a un podio que sólo un tenista español había conquistado antes: Rafa Nadal.

Manhattan

La de Badosa es la historia de una niña de padres españoles que nace en Manhattan, donde sus progenitores se abrían camino en el mundo de la moda. Siete años después, Paula viaja a España para ya nunca regresar a su país de nacimiento. Salvo para ganar torneos, claro. Alta (ahora mide 1,80 metros), fuerte y descarada desde niña, el tenis llama su atención y agarra su primear raqueta en el Club Tennis d'Aro, de Platja d'Aro, en la Costa Brava. Un pasatiempo que acaba siendo algo más, mucho más. Ella lo desea, sus padres lo ven, pues un talento así no pasa desapercibido, y buscan dónde potenciarlo. Su siguiente parada es Valencia.

Pancho Alvariño recuerda el día en que llegó a TenisVal, la academia que dirigía en la capital valenciana junto a José Altur, aquella adolescente que quería comerse el mundo. Pronto comprendió que las referencias previas que tenía de ella se habían quedado incluso cortas y que ante ellos había un talento en bruto, una entre cientos. “Su padre me dijo que quería trabajar algo más en serio. Vino una semana a probar y enseguida constatamos que tenía un enorme potencial. Tenía 15 años y ya era una chica muy fuerte, pero poco trabajada”, explica el ahora entrenador de Tamara Zidansek, curiosamente la mujer que cercenó en cuartos de final de Roland Garros el mejor Grand Slam de Badosa hasta la fecha.

La niña Paula se instaló en casa de un familiar, en la zona de Chiva, aunque pronto se mudó a una residencia en La Petxina por comodidad, pues estaba más cerca del centro de entrenamiento. Allí pasaba su día, desde primera hora de la mañana hasta media tarde, compaginando su progresión deportiva con los estudios. Cuentan que no era una estudiante brillante, pero que le bastaba para sacar adelante sus cursos. Sólo cuando estuvo claro que su futuro estaba en las pistas aparcó los libros.

“Era una chica impulsiva, algo desordenada en su juego. Como tenía mucho talento, podía jugar a lo que quisiera, sin pensar mucho en ello. Tampoco era nada exagerado, pero había que ir puliendo esos detalles. Siempre ha tenido un carácter fuerte que le hacía cabrearse con ella misma, es algo que ha ido mejorando, aprendió a volcar en la pista todo ese carácter”, apunta Altur.

Tenis agresivo

Alvariño, que trabajó codo con codo con ella, profundiza en las mejoras que buscaron para su juego: “Era físicamente muy fuerte, sacaba muy bien para la edad que tenía, que es algo en lo que no suelen destacar los tenistas españoles. Era evidente que su tenis iba a ser muy agresivo, con mucha fuerza, muy recto, como lo es ahora, pero lo tenía que trabajar más. Sobre todo en cuanto a orden y disciplina. Fiaba su juego a los golpes ganadores, pero le costaba trabajar en puntos largos. Trabajamos mucho en su resistencia física, en su velocidad, en los desplazamientos laterales… Trabajó muy duro el aspecto físico y eso le permitió explotar todo su potencial, que era inmenso”.

Fiaba su juego a los golpes ganadores, pero le costaba trabajar en puntos largos

Sus dos años largos en Valencia culminaron con su entrada en el Top10 del ranking junior y ya con presencia entre las 400 primeras mujeres de la clasificación de la WTA. Con 17 años, imparable ya su progresión, decidió hacer la maleta de vuelta a Cataluña. El cambio de entrenadores y equipos de trabajo han sido constantes durante su carrera, algo que la cátedra suele desaconsejar, pero que a Badosa le ha funcionado. De hecho, en agosto rompió con su técnico Javier Martí después de menos de un año de trabajo conjunto para confiar su preparación en Jorge García. Antes, había trabajado con Xavi Budó. En resumen, en los 14 últimos meses ha tenido tres entrenadores diferentes.

13ª en el ranking

“Yo estaba seguro de que llegaría a ser una tenista profesional de nivel, una de las 100 mejores del mundo, de las 60 incluso. Pero esto… Son palabras mayores”, confiesa Altur. “El potencial que tenía con el saque era totalmente inusual en el deporte español. Siempre pensé que podía llegar a donde ha llegado ahora”, comenta por su parte Alvariño sobre una Badosa que este lunes ha ascendido al 13º puesto del ranking mundial.

“Pensaba que no llegaría aquí”, replica desde la distancia la protagonista, que tras su victoria rememoró los problemas que atravesó en el pasado: “He pasado por momentos muy duros, pero nunca dejé de soñar y de luchar. Estos días me acordaba de todo aquello, tengo memoria y sé lo que ha pasado, he tenido que trabajar mucho y pasar por momentos de depresión y ansiedad, de estar tratándome”, añadía la catalana sobre la situación que vivió hace tres años (tenía 20) y que contó al mundo hace dos.

El golpe de calor

Tras sorprender con su llegada a octavos de final en Roland Garros del año pasado, 2021 ha sido el año de su explosión definitiva. Belgrado, un torneo menor, le sirvió para colgarse su primera escarapela profesional en mayo. Después escaló hasta los cuartos de final de la tierra francesa, hasta los octavos de la hierba de Wimbledon y hasta los cuartos de los Juegos de Tokio, donde un golpe de calor abrasó un torneo impoluto, forzando su dramática retirada en silla de ruedas. Hasta que el domingo, en la pista dura de Indian Wells, su camino sinuoso terminó por cerrarse, dándose cuenta de que lo que había dibujado era un círculo, tan perfecto como una línea recta, símbolo de la maravillosa excepción que es Paula Badosa.