"Algunos jugadores están envejeciendo y son propensos a sufrir lesiones. No podemos mantenerlos y no deberíamos", escribía Anil Murthy, entre metáforas de huidizos gatos escaldados y el anuncio de su particular Agenda 2030 ¡Abajo la gerontocracia inservible, poder a streamers y Generación Z! Fanfarria y confeti ¡En una década el Valencia ganará la Liga con el mismo modelo que hoy desfila a dos puntos del acantilado! Un plan desprovisto de cualquier signo de lógica futbolística, alejado de toda planificación clásica y que solo se entiende desde la desinversión de un proyecto en liquidación.

Los jugadores veteranos serían un capricho excesivo porque no se obtiene de ellos un retorno económico y obstruyen el paso de promesas, de la carnaza futura de traspasos millonarios. Y en un requiebro retórico se señala al propio Valencia como origen del modelo, con aquellas venta de los Mendieta, Piojo, Farinós o Gerard de principios de siglo, hoy encarnados por los Musah, Racic, Thierry o Guillamón. Se obvia que en aquel equipo que se paseaba con garbo por Europa, las pruebas atléticas eran lideradas por los Carboni, Angloma, Milla y Djukic. A su lado las promesas aprendían, se descargaban de presión y progresaban hasta el punto de regalar noches inolvidables contra la Lazio y marcar goles «realmente increíbles». Por contra, en el televisado fútbol líquido actual, rebosante en primeros planos ralentizados tras cada gol encajado, solo basta en fijarse en la angustia de los jóvenes, desbordados en el encargo de sostener un club histórico que lleva desde 2004 atiborrando su colapso.

Encaramos la última semana del mercado y solo hay que contemplar el paisaje para ver cómo se consolidan todos los clubes, menos el tuyo, con el aporte y el refuerzo de veteranos de mil guerras. No es necesario recurrir al pico anecdótico de los diez disparos rechazados por José Juan Figueiras con 41 años ante el Madrid. Pero el apetito competitivo del héroe de El Collao es el mismo que el de Luis Suárez soplando 34 velas con ese instinto barrial que le catapulta como Pichichi del campeonato. O los reflejos del Villarreal con Capoué (32 años) para cubrir la ausencia de Iborra. O la inminente llegada al Sevilla, a las puertas de cumplir 33 años, del «Papu» Gómez. Los de Nervión han visto en la pelea del regista del Atalanta con Gasperini una oportunidad. La misma que detectó el Valencia cuando reclutó a Carboni con 32 años tras casi llegar a las manos con Franco Sensi, mandamás de la Roma.

Es una fórmula tan básica que sirve para aplicar al fútbol o a cualquier bache vital. Para salvar la temporada, además de la imperativa venta del club, el Valencia necesita rodearse de experiencia, audacia y buenos consejos. De tipos que con una mirada tranquilizan al vestuario y condicionan al rival. De ser un club normal de fútbol. Si en seis días no hay novedades, solo quedará seguir componiendo la epopeya griega de Carlos Soler y José Luis Gayà