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Baraja llegó para cambiar la tendencia en defensa

El entrenador sabía que con un ataque con muchos puntos débiles, la defensa era la parte vital para evitar pasar apuros en la clasificación liguera

Rubén Baraja dando instrucciones en Mestalla

Rubén Baraja dando instrucciones en Mestalla / JM López

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Pablo Leiva

Pablo Leiva

València

El Valencia CF desde la salida de Marcelino había tenido algo en común durante los siguientes cursos y era la fragilidad defensiva. El equipo había demostrado que los objetivos se iban marchitando por culpa de un ritmo goleador en contra que era insostenible. Y es que hasta la temporada pasada, Mestalla había visto sufrir a los suyos lo indecible para dejar porterías a cero. Pero Baraja cambió completamente con la dinámica tras su aterrizaje la pasada campaña.

En la 2019/20, después de que Marcelino se marchara en aquel doloroso 11 de septiembre de 2019, el conjunto dirigido por Celades acabó el curso con un total de 53 goles encajados, una cifra que demostraba los problemas que había tenido el equipo atrás, especialmente tras el Covid, donde algunos jugadores bajaron los brazos. Después, en el verano de 2020 aterrizó Javi Gracia en lo que parecía que iba a ser un cambio de dinámica pero no fue así. Peter Lim se empeñó en dar salida a todos los jugadores de cierto peso en la plantilla y el nivel de la plantilla quedó mermado. A pesar de eso, en términos defensivos, el equipo acabó la competición nacional con los mismos tantos encajados, pero seguían siendo demasiados y es que era anticompetitivo para el Valencia CF acabar con esas cifras en LaLiga. Por eso llegó Bordalás. Al grito de bronco y copero y con la intención de que el cuadro valencianista no superara incluso la barrera de los 38 tantos encajados, los pupilos del técnico alicantino compitieron a un nivel altísimo en liga pero en el tramo decisivo de la competición no llegaron los resultados y la sangría de goles se hizo mayor. Tanto que la cifra de goles encajados fue idéntica a la que sufrieron con Celades y Javi Gracia.

Con todo eso, Peter Lim siguió vendiendo y vendiendo y la plantilla sufrió cada golpe hasta el punto de ver cómo el ataque era cada vez más débil. Y eso obligaba a que los esfuerzos atrás fueran superiores. Con Gattuso, al contrario de lo que puede parecer, el Valencia CF fue encajando una media de goles menor a la de sus predecesores. Pero los resultados eran dramáticos en general y con él la Segunda División llamaba a la puerta. Por todo eso llegó Baraja y desde su llegada sí hay una cosa que ha quedado demostrada. Para ganar partidos hay que hacerse fuerte, defender y con el 1-0 pocos partidos deben escaparse. Dicho y hecho.

Los primeros partidos del curso pasado ya demostraban con Baraja que la tendencia iba a ser de marcadores ajustados. Una moneda al aire que podía salir cara o cruz. En el primer duelo no salió bien contra un Getafe que aprovechó el balón parado para ganar los tres puntos. En el segundo partido sin embargo las cosas sí salieron y es que el 1-0 contra la Real permitió un triunfo épico para pensar en la salvación, al igual que ese 1-0 contra Osasuna. Dos partidos en Mestalla, dos 1-0 y por ahí se empezaba a adivinar el futuro del cuadro de Rubén Baraja.

Al término del curso el equipo encajó 45 goles, datos que dejaban claro que la tendencia iba a la baja. Y este año, con todos los problemas que ha tenido, sin refuerzos atrás a pesar de las promesas de la entidad el verano pasado, de la lesión de Diakhaby, de la salida de Paulista y de la irregularidad de Cenk, el equipo ha mantenido los registros. Eso le da todavía más mérito a un Baraja que además ha potenciado a las dos figuras más cotizadas seguramente del mercado valencianista: Mosquera y Mamardashvili. Porque Baraja no solo ha conseguido la salvación y ha acercado al equipo a Europa, también ha sido capaz de revalorizar activos y demostrar que está preparado para que el club haga un esfuerzo por él.

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