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Contaminación

Detectan niveles sin precedentes de sustancias químicas en delfines y ballenas

La presencia de PFAS altera los sistemas inmunitarios, endocrinos y reproductivos tanto de humanos como de fauna marina, alertan los científicos

Delfines tucuxi.

Delfines tucuxi. / EFEverde

Ramón Díaz

Ramón Díaz

La presencia generalizada de sustancias químicas en el océano ha vuelto a quedar en evidencia. Delfines y ballenas, incluso los que habitan en aguas profundas y remotas, acumulan concentraciones sin precedentes de compuestos PFAS, un grupo de contaminantes sintéticos conocidos por su persistencia en el ambiente y su capacidad para afectar la salud de los organismos vivos.

Así lo ha revelado una investigación, que alerta sobre un escenario inquietante: "No hay lugar donde esconderse de los contaminantes". El trabajo, publicado en Science of the Total Environment, analizó tejidos de 127 cetáceos pertenecientes a 16 especies distintas.

Para ocho de esas especies fue la primera evaluación global de contaminación por PFAS –sustancias perfluoroalquiladas y polifluoroalquiladas–. Los investigadores buscaban comprobar si el hábitat influía en la acumulación de estas sustancias, ampliamente utilizadas en productos industriales y de consumo, y conocidas por infiltrarse en ecosistemas marinos a través de descargas urbanas, agrícolas y atmosféricas.

Resultados sorprendentes

La expectativa inicial era clara: que las especies de aguas profundas, más alejadas de las fuentes directas de contaminación, presentaran niveles más bajos. Pero los resultados apuntaron en otra dirección.

"Esperábamos que las especies que se alimentan principalmente en aguas profundas, como los cachalotes (Physeter macrocephalus), presentaran una menor contaminación por PFAS que las especies costeras. Nuestros análisis muestran que esto no es así: realmente no parece haber dónde esconderse de los PFAS", explica la ecóloga marina Katharina Peters coautora del estudio. 

Los cachalotes son también objeto de experimentación

Un ejemplar de cachalote. / CRAM

La contundencia de la afirmación refleja el alcance del hallazgo, que desafía una de las suposiciones más extendidas en torno a la distribución de contaminantes en el océano. Los PFAS se caracterizan por su resistencia a la degradación natural. Esto permite que circulen durante décadas en el agua, acumulándose en los tejidos de los animales a través de la cadena alimentaria.

Una amenaza creciente

La presencia de PFAS altera sistemas inmunitarios, endocrinos y reproductivos tanto de humanos como de fauna marina, lo que incrementa la inquietud por los efectos a largo plazo sobre especies que ya sufren fuertes presiones por el cambio climático, la pérdida de hábitats o las interacciones con actividades humanas.

El estudio determinó que las concentraciones de PFAS no guardan relación con el entorno en el que viven los animales. Es decir, las diferencias entre aguas costeras, mesopelágicas o de gran profundidad no predicen la carga que acumula cada especie.

"Incluso las especies que viven en alta mar y en aguas profundas están expuestas a niveles similares de PFAS, lo que pone de relieve cómo la contaminación generalizada, agravada por factores estresantes provocados por el clima, plantea una amenaza creciente para la biodiversidad marina", resume Frédérik Saltré, coautor del estudio.

Un patrón complejo

Los investigadores hallaron, además, que los factores biológicos, como el sexo y la edad, son mejores predictores de la carga química que el lugar donde habitan los animales. Los machos tienden a presentar niveles más altos de PFAS, probablemente porque las hembras transfieren parte de su carga química a las crías durante la gestación y la lactancia.

Un grupo de delfines juega y escolta a dos ballenas.

Un grupo de delfines juega y escolta a dos ballenas. / Agencias

Este proceso, observado anteriormente en otros cetáceos, ayuda a explicar por qué los juveniles pueden mostrar concentraciones elevadas, mientras las hembras reproductoras registran niveles más moderados. Con el paso del tiempo, la acumulación sigue un patrón complejo, influido por la dieta, la fisiología y la historia vital de cada especie.

Los datos obtenidos permiten, por primera vez, comparar de forma simultánea cómo estos contaminantes afectan a especies muy distintas que comparten escenarios marinos comunes. Algunas, como los delfines mulares (Tursiops truncatus) o los calderones comunes (Globicephala melas), mostraron cargas particularmente elevadas.

Ninguna especie escapa a los PFAS

Otras especies, como las de la familia de los zifios (Ziphiidae) de aguas profundas, evidenciaron perfiles químicos distintos, con una mayor proporción de ciertos compuestos. La variedad de patrones es amplia, pero detrás de esas diferencias se esconde una misma realidad: ninguna especie parece escapar a la presencia de PFAS.

La investigación también subraya la importancia de contar con datos locales para comprender el comportamiento de estos contaminantes en regiones donde la producción industrial de PFAS no existe.

Nueva Zelanda, por ejemplo, no tiene antecedentes de fabricación de estas sustancias. Aun así, los animales que habitan sus aguas presentan acumulaciones significativas. Esto sugiere que los PFAS viajan con facilidad a través de corrientes, precipitaciones y procesos atmosféricos, reforzando así su carácter global.

Zifios de Longman.

Zifios de Longman. / NOAA

Un terrible legado invisible

El estudio deja abiertas numerosas preguntas. Entre ellas, cómo evolucionarán estos niveles en un contexto de aumento constante de PFAS en el ambiente, y de qué manera podrían afectar la salud de las poblaciones de cetáceos a largo plazo.

Los investigadores reconocen que se necesitan análisis más profundos sobre los efectos fisiológicos y ecológicos, así como un seguimiento más amplio de especies poco estudiadas, especialmente las de aguas profundas y zonas polares. Mientras tanto, la evidencia reúne un mensaje claro: la presencia de sustancias químicas permanentes es más uniforme y persistente de lo que se asumía.

En un océano interconectado y dinámico, la contaminación viaja sin fronteras visibles. Y los cetáceos, desde los que viven la mayor parte del tiempo cerca de la costa hasta los que surcan las fosas oceánicas, cargan con ese terrible legado invisible que la actividad humana ha esparcido por el mar.

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