GAUDEN VILLAS

Un Atlético grande, un Valencia pequeño

Primer rival de peso en Mestalla y pasó lo que tenía que pasar...

17.10.2016 | 18:26
Un Atlético grande, un Valencia pequeño

Primer rival de peso en Mestalla y pasó lo que tenía que pasar. El voluntarismo de los futbolistas, la coherencia del transitorio entrenador y el ardor de la afición del Valencia „el único activo verdadero que le queda al club„ resultaron un dique de paja incapaz de contener la riada rojiblanca. El Atlético exhibió una superioridad sin precedentes en la historia reciente y sólo vio retrasada y mitigada la contundencia del resultado por la habilidad de Alves en la suerte máxima. Perfecto epítome de las opuestas trayectorias de estos dos clubes en la última década, el partido nos mostró a un Valencia con estremecedoras carencias cualitativas en casi todas las demarcaciones y a un Atlético pletórico, convencido de codearse entre los grandes de Europa por tener futbolistas y entrenador para ello.

15 minutos y adiós
El choque le duró al Valencia un cuarto de hora. Lo que tardó el visitante en cambiar el chip de la Champions y bajar al barro de la Santander. Voro repitió el equipo de Leganés, lo que tenía cierta lógica. Se le podía discutir lo de Cancelo, que no se enteró de casi nada en Madrid y volvió a naufragar ayer. Pero, básicamente, echó mano de lo que hay, por triste que parezca. Dechado de sentido común, le dijo además al Atlético que viniera a buscar los tres puntos. El Atlético lo hizo, claro, porque vive convencido de que puede vencer a cualquiera por mucho que se sienta más a gusto dejando mandar a los demás. Al contraataque llegaron las dos grandes ocasiones locales del encuentro, que volvieron a desnudar a Rodrigo, incapaz de hacerle un gol al arco iris, y Mina, más de lo mismo que su compañero. Ni la ausencia de Godín sirvió para que marcara el Valencia. Esas acciones, puntuales, daban un poco de aire a la grada, que, en el trazo grueso vivió un recital atlético en toda regla.

Diferencias abismales
Si los grandes partidos los puede perder una mala defensa, los madura un buen centro del campo y los acaban liquidando los buenos delanteros, no habrá lector avispado que no entienda sin grandes dosis de esfuerzo lo que ayer aconteció. Si por un lado se alinean Gabi, Koke, Saúl y Carrasco y por el otro Mario Suárez, Enzo Pérez, Parejo y Cancelo comenzarán ustedes a preocuparse. Y si delante unos tienen a Griezmann, Gameiro y Torres y los otros a Nani, Rodrigo y Santi Mina lo mejor es salir corriendo y no querer ver nada. La diferencia de calidad entre unos y otros fue tan grande que, de un modo u otro, los responsables de todo esto debieron sentir cierta vergüenza. Ni una sola de las comparativas puesto por puesto en el once resulta hoy día favorable a los valencianistas, algo seguramente histórico y desde luego inimaginable hace apenas una década. El duelo pintó siempre rojiblanco, por ello y porque el Atlético se puso manos a la obra a ganar los tres puntos, y sólo el empuje de los chicos de Voro, que hicieron lo que buenamente pudieron, mantuvo un cierto nivel de emoción. Pero fue el típico esfuerzo denodado del equipo pequeño que juega en casa contra el grande de turno. Nunca se jugó de igual a igual. El Valencia ofreció algún detalle de Parejo, el Atlético un perfecto ejercicio coral y un dominio insultante en el centro del campo. Suárez y Pérez son peones de equipito de permanencia. O ni eso.

La triste mediocridad
Así las cosas, el partido se rompió cuando Simeone dio entrada a Torres. El Niño, cuya ausencia de la Roja roza la prevaricación visto su estado de forma y el de algunos de los llamados, la armó en la primera pelota que le llegó. Y ahí terminó todo porque el partido se mudó al lugar que querían los rojiblancos. Si con empate a cero todo apuntaba a victoria visitante, con el cero a uno sólo faltaba esperar la sentencia. Resultó cruel y desde luego inmerecida para una afición que casi llenó Mestalla. Y abrirá de forma definitiva los ojos a más de uno sobre la verdadera dimensión de este proyecto, que ha quedado más que zarandeado. Prandelli, presente ayer, no pudo tener mejor presentación del lugar al que ha venido. Del Valencia grande en Europa que él debe recordar, no queda más que el nombre y la afición. Lo otro, liquidado a golpe de fichajes calamitosos y ventas de los pocos activos interesantes que le quedaban, ha quedado a años luz del tercer puesto de España. Le va a dar al italiano, como mucho y si lo hace muy bien y logra ensamblar un equipo que funcione, para zafarse entre los pequeños aspirantes al vagón que va detrás. Una lástima y una pequeña ruina para la que uno se pregunta si de verdad hace falta que continúen llegando ejecutivos desde Singapur.

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