Opinión

Danvila necesita un Baraja en Orriols

El Pipo continúa siendo el mejor bastión al que agarrarse para soportar los vientos y las tempestades que soplan en Mestalla

Baraja

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Auténticos malabarismos es lo que hace Baraja un día detrás de otro. Con lo que tiene no se puede más, ya sea en el campo o las ruedas de prensa. Quedó claro contra el Girona y otra vez en la víspera de la Copa, primero aguantando hasta que a los recambios del banquillo se les vieron las costuras y después tirando por la calle del medio ante el panorama que se le presenta en Arosa. Hay que pasar, por descontado, pero con cabeza.

Nada de quemar cartuchos si no es completamente necesario. Y aún menos de chafar ningún charco. Como no es Corona, el Pipo no tiene necesidad de inmolarse gratuitamente ante la cerrazón de Lim y su cabeza cuadrada para contar las gallinas que salen por las que entran. Una situación peliaguda, muchísimo, ante la que el técnico sigue siendo el mejor bastión al que agarrarse para aguantar vientos y tempestades.

Una figura que le vendría muy bien al Levante UD, donde a Danvila no se le puede negar la bondad por tratar de hacer las cosas con trellat como tampoco los renglones torcidos de esa intervención en varios folios con la que se presentó a dar explicaciones muy necesarias (eso está bien). Mientras que no se demuestre lo contrario, su suerte será la del club, incluida la Fundación, el Femenino, el entrañable Calleja, el recuperado Campaña y Morales si es que alguna vez regresa a una casa con la que no es el único que en los últimos tiempos ha levantado el pie.

La cornada es grave, tiene varias trayectorias y la única manera de salir es con una operación que además de buena tiene que ser rápida. Con la Navidad a la vuelta de la esquina, tanto Valencia como Levante se juegan ya no empezar el año con buen pie sino terminar la temporada lo mejor posible. Igual que en La Fonteta, donde la racha de ocho derrotas de diez amenaza con no dejar de rastro de un inicio que debe servir para recordar, al hilo de lo dicho por Mumbrú, que ni antes eran tan «buenos» ni ahora tan «malos».