Invitó en la previa Ancelotti a comprar entradas para este partido advirtiendo que sería un choque de alternativas, como el de la ida. Porque el Nápoles es un equipo fiel a su ciudad. Con mucha calle en su fútbol, muy caótico y al tiempo desvergonzado. Se le olvidó a Carletto sumar las dosis de entusiasmo que aportaban los meritorios que se asomaron al once titular. Por un lado, jugadores de buen pie como Ceballos o Brahim. Por el otro, el colmillo de un apellido ilustre, Gio Simeone. Y el partido confirmó las expectativas con mucho desenfado y jugadores pisando área. 

Goles, goles, goles

En la primera llegada de los napolitanos Kvaratskhelia dibujó una comba al rincón del lateral, donde Lobotka ganó el sitio a Bellingham para tocar al medio de primeras y allí Gio remató a gol con Lunin sacando la pelota desde dentro. Se adelantaba a los nueve minutos un Nápoles al que el triunfo le clasificaba automáticamente. Sin embargo, no habían pasado 60 segundos cuando Brahim recuperó una pelota en tres cuartos y sirvió a Rodrygo, que entró en diagonal en el área desde la izquierda para, tirando de sus recursos de jugador de fútbol sala, clavar un obús en la escuadra tras pegar plano a la pelota con el empeine. Golazo del brasileño, que ha roto a marcar y en la izquierda rinde a un nivel que iguala en desequilibrio y supera en producción goleadora a Vinicius. 

Poco hubo que esperar en el divertido cruce de golpes para ver otro gol porque diez minutos después Alaba cruzó la medular, advirtió hueco a la espalda de la defensa napolitana y sacó una comba deliciosa que Bellingham cabeceó descerrajando a Meret para adelantar al Madrid. Tiene el inglés tanto criterio con el balón en los pies como instinto en el área, donde se muestra quirúrgico. Siguieron goteando las ocasiones en las dos áreas: Brahim, Simeone, Rodrygo, Kvaratskhelia... Cojeaba Bellingham cuando el francés Letexier indicó el descanso, lo que aventuraba su relevo. 

Correcalles a la napolitana

Comenzó el segundo tiempo como el primero, con el Nápoles pisando área blanca y rentabilizando su primera llegada. En este caso una jugada sin peligro aparente de Anguissa que el camerunés convirtió en el empate con un latigazo violento en el que quedaron retratados varios madridistas. El partido era tan divertido para los aficionados como inquietante para los entrenadores. Ida, vuelta, ida, vuelta... El Nápoles estaba más cómodo en el caos que un Madrid superado por el desorden. Un partido sin mediocampo. Puro divertimento, pura calle.

Con el banquillo lleno de canteranos y el campo vacío de mediocampistas, Ancelotti llevaba con resignación el correcalles. Ceballos se marchó vacío y Brahim se fue el suelo acalambrado a la hora. Nico Paz entró para ayudar a cerrar la vía de agua en la medular mientras las ocasiones se sucedían sin éxito en las áreas. El partido era, sin duda, el más entretenido de la temporada en el Bernabéu por la alternancia en un estadio que colgaba por primera vez, desde que se abrió durante la remodelación, el cartel de no hay billetes. A los blancos les valía el empate para asegurar el liderato, a los italianos le interesaba este partido abierto.

Con media hora por jugarse la prioridad del Madrid, agotado y sin gasolina, pasó a ser minimizar daños de cara al partido del sábado ante el Granada y mantener, en la medida de lo posible, el empate que certificaba el liderato de cara al sorteo de Champions. Los minutos rebajaron el ímpetu napolitano y el balón se mudó a los pies madridistas, tocando los de Ancelotti a rebato. Meret sacó un remate de Rudiger que ya celebraba la grad y salvó otro gol cantado de Bellingham. Joselu, por su parte, desperdició un gol franco sin portero frente a la portería. El arreón final de los blancos no alcanzaba la mandíbula de los de Mazzarri. Hasta que el canterano Nico Paz se animó y sacó un zapatazo que botó delante del portero napolitano y acabó en la red. La cantera llegaba al rescate para sellar el triunfo y el liderato en la noche de los 'jugones'. El gol postrero de Joselu, en un regalo de Bellingham, solo sirvió para redondear el marcador y descargar la frustración del ariete, que desperdició varias ocasiones y terminó pidiendo perdón en la celebración. Misión cumplida.