Superdeporte

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Enrique Ballester

Ya quedaremos

Cuando era niño fantaseaba con golazos por la escuadra y jugadas increíbles, y ahora cuando me acuesto sueño con lesiones leves pero suficientes para salir del campo

Reguilón, lesionado con España EFE

Es una temporada interesante para la gente como yo, que arrastro tareas vitales pendientes desde el año 2002. Como tengo vacaciones en la segunda quincena de septiembre, he pasado el verano acumulando citas para esos días. Sin duda, he pronunciado las palabras «ya te digo algo en septiembre y quedamos un día» por encima de mis posibilidades, porque seguro que llegan esas semanas y me apetecerá lo de siempre: estar con mis hijos, no hacer nada o ver partidos. El asunto se complica todavía más porque he prometido cafés, comidas y cenas en varias ciudades de un par de países, debo leer no sé cuantos libros y ver un millón de series imprescindibles y además, para esa quincena mágica que ya vislumbro en el horizonte con falsos pensamientos felices, tengo una pila de correos que contestar, muebles que comprar, facturas que revisar y ese tipo de labores-termitas que nos van carcomiendo la ilusión por la vida.

Por si fuera poco todo esto, para la quincena del ‘ya quedaremos’ he dejado también mi vuelta a los terrenos de juego, porque me he comprometido a jugar un par de pachangas de fútbol y tendré que ser capaz de correr durante al menos diez minutos para suavizar un poco el ridículo. Es triste pero es real: cuando era niño y me metía en la cama fantaseaba con golazos por la escuadra y jugadas increíbles, y ahora cuando me acuesto sueño con lesiones leves pero suficientes para no seguir jugando, con rendijas para pedir el cambio a tiempo y salir del campo de una manera digna, antes de que el daño sea irreversible.

Mientras llegan esos días, el simple pensamiento de saber que me espera una quincena de descanso me sirve de oasis para afrontar la rutina, y aún mejor, saber que después estará el Mundial de fútbol a la vuelta de la esquina me vale también de vitamina. Por eso decía lo de la temporada interesante: cuando nos demos cuenta asoma en noviembre el Mundial y en un abrir y cerrar de ojos ya es Navidad. Ánimo, el curso ya está casi hecho: en cuanto nos descuidemos son las semifinales de la Champions y luego otra vez las vacaciones de verano, -y podré decir de nuevo a la gente que ya quedaremos en septiembre-, y enseguida un año menos para la jubilación, el único objetivo de importancia en esta vida.

Es también una temporada interesante para despejar responsabilidades: no parece que estas primeras 14 jornadas de Liga, antes del parón por el Mundial, sean de veras superimportantes. Pase lo que pase, todo objetivo será posible cuando acabe el Mundial, empiece el año 2023 y nos volvamos a autoengañar con cambiar de vida. Tengo la impresión de que ni el drama ni el júbilo que envuelve ahora a algunos equipos, desde la euforia del Barça a la depresión del Sevilla, es en realidad un diagnóstico definitivo, sino como mucho un síntoma que sirve para ser feliz o triste durante el camino, --que no es poca cosa, para empezar, eso también lo digo-. Yo recuerdo más o menos así los cursos universitarios, época en la que comencé a acumular las tareas vitales pendientes que aún me persiguen. La universidad como la Liga: todo lo que pase antes de las semanas de Navidad apenas importa, porque es reversible todavía.

Una temporada interesante: ya quedaremos, ya estudiaremos, ya ganaremos.

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