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Toni Hernández

Correr un maratón en Valencia, algo “obligado”

Valencia se tiró a la calle. Miles y miles de personas aprovechando que el día, siendo diciembre, y aunque a las siete de la mañana chispeaba, nos volvió regalar una preciosa mañana para presumir de ciudad

Toni Hernández entrando por la línea de meta del Maratón de València SD

Hoy no me apetece hablar del Valencia. En la variedad está el gusto, dice el refrán. Hoy lo que quiero es hablar de mi maratón favorita. Y es que supongo que todavía estoy con la adrenalina por los aires después del maratón de Valencia del pasado domingo. Es el cuarto en el que he tenido la suerte de participar, y de nuevo con esa sensación de que la prueba es un poco mejor cada año.

En la carrera éramos más que otras veces, por ejemplo, y bien que se notó. En otras ocasiones solía pasar que, cuando la carrera se rompía por el esfuerzo, iban quedando huecos en la calzada. Unos huecos que esta vez eran complicados de encontrar. Y no me refiero a aglomeraciones molestas o a cualquier otra dificultad para correr, sino todo lo contrario: me encantó la emoción de ver a tantos compañeros de fatiga dándolo todo en el asfalto. Y además nunca he visto tanta gente corriendo o viendo la prueba. Y en todas las partes del recorrido, incluso en aquellas que los que participamos sabíamos que acostumbraban a estar desangeladas. Valencia se tiró a la calle. Miles y miles de personas aprovechando que el día, siendo diciembre, y aunque a las siete de la mañana chispeaba, nos volvió regalar una preciosa mañana para presumir de ciudad.

Y el recorrido era distinto. Distinto y monumental, he de decir. El recorrido, pasando por casi todos los lugar importantes de la ciudad por los que se puede correr de una manera razonable, era una especie de homenaje a la misma Valencia. Y las conversaciones que se daban a tu lado eran en idiomas de todas partes. El sufrimiento habla un lenguaje universal, pero lo cierto es que éramos de muchos sitios distintos. Y es que el Maratón se ha convertido en uno de los mejores “comerciales” que tiene la ciudad. Es algo que tenemos que valorar. Para un valenciano y valencianista, y fallero y amante del mar, la carrera no podría ser mejor. Porque lo tiene todo, sin dejarse un solo detalle. Y como ejemplo sirva lo que emociona pasar por Mestalla (dos veces), o por el puerto, o por el centro (al menos en gran parte de él), o por el Ensanche, o por los poblados marítimos… 

No te cansas a pesar de los 42 kilómetros, porque es un disfrute para la vista, más allá del esfuerzo que conlleva una prueba que es exigente hasta el extremo. Y si encima llevas puesta una camiseta del Valencia −esta vez fue la de mi amigo Jaume Domènech porque el día que se confirmó su lesión le prometí que la llevaría−, no paras de recibir por doquier ánimos en forma de incontables “¡Amunt!”. Eso te hace volar, te da una energía extra que sin duda necesitas… y que sale de un sitio que no conoces pero sabes que está ahí. Corres delante de tu familia, de tus amigos, de tu gente, y eso hace que todo sea todavía más especial.

Y si además tienes la suerte de que tu hija, de forma inesperada, se arranque contigo a hacer los últimos 700 metros, la cosa ya pasa a ser algo extraordinario y que no tiene comparación con nada. Y entrar en meta por debajo de ese puente que es uno de los nuevos iconos de la ciudad, con todo lleno de gente… Si eres de aquí y te gusta correr aun y lo duro que es, debes apuntarte a este maratón al menos una vez en la vida. Créeme.

Y aquí quiero aprovechar para dar las gracias a Juan Roig. Una vez más y por un motivo más. Si, como otras muchas cosas en Valencia, existe esta prueba, es gracias a que él las paga, las organiza y les da una buena cobertura. No tiene ninguna obligación y, aun así, lo sigue haciendo, para gloria de todos los valencianos. Lo que voy a decir es ya un topicazo, pero creo que no somos conscientes de la suerte que tenemos de poder contar con gente como Juan Roig. Y no estoy hablando de fútbol, porque si lo hago me cabreo mucho pensando en lo que pudo haber sido y no fue. Y, me temo, nunca será.

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