Superdeporte

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Enrique Ballester

De entrada, no

Elegir bien en una edad crucial es a menudo la diferencia entre acabar en la liga turca o el salón de la fama

Elegir bien en una edad crucial es a menudo la diferencia entre acabar en la liga turca o el salón de la fama SD

Hace poco me vi en el brete de aceptar o no una propuesta de cambio. Aceptar o quejarme. La decisión implicaba variaciones laborales, personales y familiares. En estos casos, me suelo preguntar qué hacen los demás. ¿Tenéis la suficiente confianza con alguien para pedir, escuchar y valorar su consejo? ¿Lo hacéis en casa con vuestra pareja o vuestros padres? ¿Le preguntáis a Mateu Alemany? ¿Lo consultáis con el horóscopo o la pachamama? ¿Abrazáis árboles? Nunca sé qué hacer y ya no creo que aprenda a comportarme. Por lo general, primero dejo que la realidad decida por mí y luego me convenzo a mí mismo para adaptarme. En ocasiones es todo incluso más casual, como esta vez, la otra tarde.

La respuesta que necesitaba la encontré en una serie. Así ha evolucionado la humanidad: antes tiraban de oráculo y ahora encendemos la tele. Empecé a ver Ted Lasso, al fin, después de muchas recomendaciones. Es divertida: trata sobre un peculiar entrenador de fútbol americano que ficha por un equipo inglés de fútbol del nuestro, sin saber apenas del nuevo deporte. Durante el viaje, mientras en el avión duda su asistente, Lasso le dice: «Oye, aceptar un reto es como montar a caballo, ¿no? Si estás cómodo al montarlo, es que lo montas mal».

Si por mi fuera, no me acercaría a ningún caballo. Mi ambición cabe en un cubito de hielo. Oteo cada cambio como un meteorito que se aproxima para machacarme. Lo entiendo más claramente con el fútbol. Cualquier cambio de reglamento me produce la misma respuesta refleja: gracias pero no lo quiero. De entrada, no. Estoy bien como estoy. Por si acaso, no lo quiero. Si por mi fuera, y respecto al fútbol que conocí de niño, no existiría la cesión al portero, seguiría contando en cualquier eliminatoria el gol a domicilio en caso de empate y la Recopa todavía sería un trofeo.

Este razonamiento común es tan pueril como absurdo, porque el fútbol que conocimos, sea cual sea nuestra edad, ya era diferente al que conocieron nuestros padres y nuestros abuelos. Lo difícil es saber qué cambios nos convienen. Lo difícil es acertar en el largo plazo. En el corto, todo tiene sus ventajas y sus inconvenientes. Como sacar la pelota jugada sin dar un pelotazo. Lo difícil es medir en la balanza el riesgo y la recompensa.

Este lunes, por ejemplo, también me cambian de mesa en el trabajo. La que tengo hasta ahora me gusta bastante: me gusta la compañía y me gusta tener la pared a mi espalda y las puertas de cara. Así, si viene alguien a pegarme, puedo verlo de lejos. Así me da tiempo a huir y salir ileso. Así los jefes no ven mi pantalla, es básico esto. En mi nueva mesa, en cambio, mi pantalla será visible para el resto. Además estaré junto a la tele, así que cuando se acerquen todos para ver la repetición de un gol, verán también cómo me estoy quedando calvo porque yo estaré sentado y ellos apreciarán desde arriba mi falta superior de pelo. Es un asunto serio, pero mi nueva mesa también tiene sus premios: el pasillo queda a mi derecha, por lo que me verán más guapo porque les daré mi perfil bueno.

Si fuera futbolista y me propusieran cambiar de club al límite del mercado, en el último momento, decidir sería un tormento. Elegir bien esos movimientos es tan importante en una carrera como ser malo, regular o bueno. Elegir bien en una edad crucial es a menudo la diferencia entre acabar en el salón de la fama o en la liga turca --por favor, sin chistes sobre el pelo-. Pensarlo me sirve casi de consuelo. Algo positivo de no ser futbolista: no tengo que decidir eso.

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