Opinión

Macarras como Rubiales

Un gesto así es asqueroso si no cuenta con el consentimiento, no posterior, de la interesada

Rubiales, tras ganar el Mundial femenino

Rubiales, tras ganar el Mundial femenino / Pablo Garcia/RFEF

El problema de tener a un garrulo al frente de un escaparate tan importante como tu federación nacional de fútbol es que tarde o temprano acabará dejando en ridículo al país entero. Y Rubiales tardó cinco minutos desde que lo enfocaron las cámaras del mundo en abandonar el decoro que se presupone a su cargo y mostrarse como uno más de esos retrógrados casposos que aún piensan que el señorito tiene con las empleadas derechos que van más allá del escrupuloso respeto a la distancia entre iguales. El asunto ha llegado a todos los rincones del planeta, como llegó el de los patanes que llamaron mono a Vinicius, con el obvio daño reputacional que ello supone en una imagen, la nuestra, que está donde está por cosas como esta.

Rubiales tiene que salir por la puerta de atrás primero por hacer lo que hizo. Para gente de su calaña, agarrar a una chica y meterle los labios a pico con alevosía es la forma más natural del mundo de demostrar alegría. Como si darle la mano o un abrazo contenido no bastara. Y los que lo vemos de otro modo, somos «tontos del culo» y «pringaos». Así nos bautizó en la COPE, con la jocosa aprobación servil y perruna de un Juanma Castaño que quedó como un machista de manual ¿Qué será lo siguiente que le justificará Castaño a Rubiales? ¿Un pellizquito cariñoso y parroquial en el culo de Alexia? Como padre de tres hijas, alguna ya en edad de merecer, imaginarme a un baboso como Rubiales merodeando a su alrededor de esa manera me produce, como poco, repulsión. Y, por mucho que esto no sea para llamar a la Guardia Civil, sí descalifica a cualquier dirigente, lo mismo del ámbito público que privado. Yo no querría tratos con un tipo así ni al frente de una panadería.

Pero tiene que largarse sin dilación, sobre todo, porque ni siquiera es capaz de captar que lo que ha hecho es vergonzoso. Su aparataje intelectual y sociológico es tan endeble que no se le pasa por la cabeza que un gesto así es asqueroso e inaceptable si no cuenta con el consentimiento previo (y no posterior y bajo presión, como intenta colar de rondón algún indocumentado) de la interesada. Un personaje que entienda como normal esos comportamientos puede presentar un programa de radio, como hace Castaño, siempre que su empresa acepte a gente así en su plantilla incluso en el siglo XXI, pero no puede representar a los miles y miles de niños y niñas que en España juegan a fútbol bajo el paraguas de la RFEF. 

Llueve, además, sobre mojado con Rubiales. Se cuenta de él que en sus tiempos de cabecilla de la revuelta en el Levante UD volaban por el vestuario las amenazas de romper piernas a quien no entrara en razón. Y como arrojo, igual que al orangután, no le falta, lo mismo daba que las víctimas fueran chavales de la cantera que pudieran reforzar al primer equipo en caso de huelga sindical, que futbolistas del Valencia que tuvieran que pasar por Orriols justo antes de la Eurocopa de 2008.

La omertá de los vestuarios de Primera tapaba, y sigue ocultando, muchas cosas, pero como la cabra tira al monte, al final te acaban pillando. Ojalá la desaparición de Rubiales sirva para que esos otros que todavía ven estas conductas como defendibles recapaciten y nos convirtamos, de una vez, en un país normal.