Opinión

La amistad, Valencia y Juan Roig

Lo esencial es fácil. Un día esto se acaba, sin avisar, y lo que quede pendiente... ahí se queda

Toni Hernández dedicándole la carrera al Doctor Leal, su amigo fallecido. DEP

Toni Hernández dedicándole la carrera al Doctor Leal, su amigo fallecido. DEP

Es la primera vez en mi vida que termino la maratón de Valencia con lágrimas. Lloré como un niño casi desde el comienzo de la carrera. De hecho corrí con ansiedad, con nervios, con una congoja que me superaba en muchos momentos, que me abrumaba aún por encima del esfuerzo de correr esos 42 kms y 195 metros. En mi cabeza sólo estaba Toni Leal, mi amigo Toni Leal, quien se fue el pasado 10 de noviembre después de tres meses de un terrible, incurable y maldito mal, ese que lo eligió a él con 46 años y con toda la vida por delante para disfrutarla con su mujer, con sus cuatro hijos, con su familia y con sus innumerables amigos.

En 2019 corrimos juntos, pero en el kilómetro 30 se tuvo que retirar y nos prometimos que otro año terminaríamos un maratón uno al lado del otro. No ha podido ser como queríamos. Pero lo que sí hice es llevar su nombre en el dorsal, y hablar con él durante la carrera muchas veces. Lo pasé mal, muy mal, pensando incluso en parar, pero no por cansancio, sino porque la emoción y la fatiga mental me estaban comiendo. Y sé que él me echó una mano, que me empujó, y que no dejó que parara hasta cruzar la meta. Allí sonó su nombre. Sus amigos del servicio médico de la prueba me esperaban, que yo no lo sabía, y una compañera, llorando como yo, me abrazó y me derrumbé como no me había pasado en la vida. 

Toni era un gran ginecólogo, un gran valencianista y una grandísima persona. El club tuvo el detalle, en el primer partido de Liga, de invitarlo al palco y de permitir que se hiciera una foto con sus hijos mayores en el césped. Se estaba muriendo, ya lo sabía, y así nos lo dijo a sus amigos. «Me muero, pero tranquilos, estoy bien». Así era el doctor Leal. Un tipo por el que vale la pena hacer cualquier esfuerzo en esta vida. Porque además, en mi casa, le debemos lo más grande que tenemos: nuestra hija. Como sucede con tantos otros en esta ciudad.

Lo realmente importante está por encima de cualquier otra cosa. Pero el problema es que te das cuenta cuando ya no tiene remedio. El domingo tragaba saliva, aguantaba el llanto, y me decía a mí mismo que gran parte de lo que ocurre a mi alrededor no tiene verdadera relevancia. Que lo esencial es fácil, muy fácil, y que somos nosotros mismos los que nos complicamos la vida de forma innecesaria y sin más sentido que el ahora, cuando lo que de verdad importa es el siempre. Porque un día esto se acaba, sin avisar, y lo que quede pendiente… ahí se queda. 

Me emocioné mucho por Valencia. Por mi ciudad. Me conmoví en cada rincón por el que pasamos, y con tanta gente animando, y con cada uno de los Amunt que resonaban cuando alguien veía mi camiseta del equipo y no podía reprimir el canto; eso no tiene precio. Sientes lo grandes que son las cosas sencillas, lo que arrastra un grandísimo club como el nuestro, y como el de mi amigo Toni Leal. Le quiero dar las gracias al speaker de Mestalla, Enrique Pacheco, por esos ánimos que nos daba a todos en Blasco Ibáñez. Y también a la entidad por una foto en la que salía el dorsal de «Doc Leal», el cual llenó de alegría a una familia que lleva muchas semanas llorando una incalculable pérdida. Esa sensación supera cualquier mal generado, y mi gratitud por ello será siempre infinita. 

Valencia, el Valencia, y un final muy especial porque, tras cruzar la meta, pude estar un rato con Juan Roig. Y darme un abrazo con él. Un abrazo que me hizo mucho bien, de un hombre que hace por esta ciudad lo que nadie y al que deberíamos valorar en su justa medida o, dicho de otra forma, al que deberíamos valorar más. Muchas de las cosas que tenemos aquí, sin él no las tendríamos. Las tenemos porque él quiso y consiguió que así fuera. Fue una charla breve pero intensa, y que me guardo para mí. Pero sí puedo decir que, durante la misma, me quedó muy claro lo que este hombre ama a esta tierra y a todo lo que hay en ella. Como le pude decir personalmente, muchas gracias por apostar de esta manera por tu tierra.

Vivamos la vida, que es muy pero que muy breve. Interioricemos que no vale la pena ser tan cafres con tantas cosas, que eso no nos hace bien, que no nos aporta nada y no nos ayuda a ser felices. Lo único que sé es que estoy orgulloso de la mujer y la hija que tengo, de los amigos que quiero y me quieren, de la gente que cree en mí, de Valencia, de ser del Valencia y de pensar que alguien como Juan Roig ha nacido al calor del mismo sol que yo. Seamos felices y, sobre todo, no seamos tan imbéciles de no permitirnos ser felices.