Opinión

Moneda al aire

Sobre la hornada de Javi Guerra no se construirá el futuro, solo se maquillará la contabilidad

Un mural dedicado al Valencia CF

Un mural dedicado al Valencia CF / SD

Cada minuto de un partido es un año de vida, escribe Sergio Vázquez Jodar en ‘Moneda al aire’. Una pequeña joya en la que, a través del fútbol, el autor se adentra en los mecanismos de la nostalgia, las expectativas, el autoengaño inducido por la idealización de los recuerdos y esas derrotas apenas perceptibles que marcan tanto la militancia de nuestro equipo, como el pulso de la vida diaria. A través de un mediapunta talentoso pero falto de confianza, de una cronista de partidos en un sector decadente y machista y de un aficionado anclado en el pasado, el libro editado por Panenka nos muestra que en el fútbol y en la vida «el tiempo corre y eso es siempre una mala noticia» expuesta al peso trascendente de las pequeñas decisiones. 

Inevitablemente, su lectura obliga a realizar un balance de daños y esperanzas, balompédico y vital. Un ejercicio que también me asaltaba mientras veía al Valencia tratando de mantener el equilibrio ante la furia amateur del Arosa Sociedad Cultural. La crónica se refugiaba en las trampas retóricas de las encerronas coperas, en la ausencia de alardes en un césped minado o en ese exotismo de otro tiempo ver a Borja, el hijo del entrenador, poner en jaque a toda la defensa blanquinegra. Pero había un subtexto invisible que me llevaba a reafirmar que el momento del Valencia es hoy una incierta moneda al aire. A la realidad de que al exprimido milagro de Baraja sostenido con canteranos quemando etapas a la carrera, por la frivolidad sin escrúpulos de Lim, le espera el peaje de un invierno con el granero de fichajes vacío. 

El enfado y la ironía descreída invadía los comentarios del partido en las redes sociales. Mi ciudad y mi generación mira al Valencia como el aficionado de Vázquez Jodar, desde el retrovisor de un tiempo perdido. Tampoco puede ser de otro modo. Se llena cada partido el imponente Mestalla a pesar de la ausencia de expectativas, eclosiona una notable generación de canteranos en el peor contexto, en las paredes de la Avenida del Puerto unos artistas urbanos de Rotterdam nos recuerdan que Wilkes era nuestro y fue el ídolo de Cruyff. Pero la moneda está en el aire, con la operación de abandonar uno de los últimos templos clásicos del fútbol europeo sin plantearnos reflexiones fundamentales (¿es mucho más barato modernizar Mestalla que acabar un nuevo estadio que blindará el precio de la salida de Lim?). Sobre la hornada de Javi Guerra no se construirá el futuro, sino que se maquillarán cuentas con sus ventas. De Wilkes quedará una efeméride, pero no la ambición que supuso su fichaje, como es la histórica voluntad de querer comernos el mundo.

La gran contradicción del Valencia se parece a la de aquel chiste que en los tiempos del corralito acuñó el escritor rosarino Roberto Fontanarrosa: «Si Kafka hubiese nacido en Buenos Aires habría sido un escritor costumbrista». Con todo nuestro arsenal simbólico a cuestas y bajo riesgo, con un enorme e intacto potencial social y deportivo bloqueado por una mercantil con sede en Hong Kong, la moneda del futuro está en el aire y el lado de la que caiga será más trascendente que aquella primera moneda, trucada con dos caras de Alfonso XIII, que decantó la primera presidencia hacia Octavio Milego.