La primera victoria del curso aterrizó en el Levante como una bocanada de aire fresco y un subidón de adrenalina que confirma que el equipo está vivo en su pelea por la permanencia. Pese a la vuelta entera sin ganar, el enfrentamiento ante el Mallorca supuso un punto de inflexión y el impulso hacia un reto que, a simple vista, parece de difícil alcance, pero que no entiende de imposibles para un vestuario que nunca dejó de creer. Tampoco tras el varapalo en La Cerámica, donde la cuerda, de tanto tensarse, acabó rompiéndose, al igual que la paciencia de una afición que, incluso, se presentó en los exteriores del Ciutat de València después del encuentro contra el Villarreal para recibir explicaciones del bochorno. Sin embargo, todo dio un giro de ciento ochenta grados en un partido que, independientemente del desenlace de la temporada, ya forma parte de la historia levantinista.

Orriols fue testigo de múltiples escenas que le dan el derecho de confiar en la hazaña de quedarse en la élite del fútbol español. Las dos más representativas, la manera en la que los suyos, tanto los que estuvieron vestidos de corto como los que aguardaron su oportunidad en el banquillo, celebraron los goles. La unión se palpó en las dos piñas que formaron. Sobre todo, tras el gol de Morales, ya que quitó una pesada losa que el equipo llevó a sus espaldas durante nueve meses. De hecho, el interior del vestuario consideró que el trascendental triunfo les dio vida y que el chute de confianza que les dio es de grandes dimensiones. El Cádiz proporcionará una nueva oportunidad para seguir ilusionando, pero será un duelo que se afrontará, por fin, con la cabeza limpia debido a que muchos estuvieron, incluso, a punto de estallar mentalmente. Además, en un partido que tuvo absolutamente de todo, donde el caos detonó en la segunda parte: un penalti fallado por Brian Oliván, un gol anulado a Fer Niño que provocó tensión y miedo en las gradas y, como colofón, un gol a la contra y sobre la bocina que desató el delirio de la marea azulgrana. Un conjunto de adversidades en las que el Levante, en su totalidad, se hizo fuerte.

No obstante, una de las mejores noticias del triunfo contra el Mallorca fue la conexión que se vivió entre el equipo y la grada. La afición levantinista, después de tantos reveses, vio recompensada su fidelidad con una victoria ansiada por todo el mundo, pero que reforzó una comunión que, por momentos, fue indetectable. El aura del Ciutat de València es inalterable, pero de una vez por todas tuvo su efecto después de haber rugido contra Osasuna y Valencia sin premio. Le tendió la mano a los de Alessio y les aseguró que no estarán solos durante la escalada hacia la cima de la Primera, con cánticos para trasmitirle a su equipo que se puede lograr el objetivo.  

Después de 27 partidos y 273 días sin ver la luz al final del túnel, el Levante coge impulso para afrontar, además, un calendario que le guiña un ojo con síntomas de esperanza. El siguiente obstáculo, también en Orriols, será un Cádiz que llegará al enfrentamiento, a falta de su duelo en casa contra el Espanyol, tras caer ante Osasuna y registrar la estadística de siete partidos sin ganar en LaLiga Santander. Y después, se desplazará a Getafe para afrontar la que será una batalla de poder a poder en un Coliseum Alfonso Pérez que trae buenos recuerdos a la parroquia granota, ya que, en 2018, supuso otro histórico punto de inflexión. Un duelo directo en toda regla. No en vano, el Levante quiere saborear el triunfo, disfrutarlo y presumir de una victoria vital, pero recuperando autoestima para creer en la salvación.