Mehdi Nafti suspira por que sus valores y forma de entender la vida los plasme su equipo en el terreno de juego. Con la ilusión de emular la gesta que consiguió Manolo Preciado en Orriols, pero sin la intención de que se le compare con un entrenador que «fue todo» para el franco-argelino. Siempre, sin renunciar a los principios que le inculcó la humildad de su familia.

¿Cómo está? ¿Listo para asumir el reto de ascender?

Bien. Todo ha ido muy rápido. Intentamos ubicarnos porque dentro de nada vamos a volver a lo importante. Han sido unos días largos, pero ahora vamos a relajarnos un poco. Me iré a mi casa, en Cádiz, a descansar para regresar con las pilas cargadas.

En Lugo y Leganés peleó por no descender. ¿Le da vértigo que en el Levante se hable de subir a Primera División?

Es una experiencia distinta no solamente por el objetivo, sino también por el contexto. Es la primera vez que empiezo una temporada. En el Lugo y en el Leganés fui de apagafuegos. Yo no sé lo que valgo empezando una temporada. No conozco mi techo, pero ahora mismo, por lo menos, tengo tiempo para poder construir mi casa desde la base. Sinceramente, tengo más ilusión que vértigo.

Siempre ha comentado que se adapta a las plantillas, pero ahora, ¿tiene la intención moldear el Levante a su imagen y semejanza?

Sí. Lo estamos hablando con Felipe Miñambres, pero siempre me adaptaré a mis futbolistas. Soy una persona que no cree en los sistemas de juego. Me gusta que mis jugadores sepan qué hacer en cada momento y en cada fase de juego. Y, por encima de todo, sacarles el máximo rendimiento posible.

¿Qué valor es el que le da al futbolista entonces?

Muchas veces olvidamos que lo más importante son los futbolistas. Insisto: es lo más importante. El jugador tiene que rendir y estar bien. Mi trabajo depende del rendimiento de los futbolistas. Un club, a todos los niveles, depende de cómo compitan cada domingo. Ellos tienen que estar en las mejores condiciones para rendir.

¿Qué Levante se va a ver?

Vamos a ver a un Levante intenso, agresivo, ordenado… Un Levante que quiera contagiar al aficionado y que el aficionado se identifique con el equipo y con lo que se vea sobre el terreno de juego. Que transmita y que el jugador también lo haga. Quiero un Levante con corazón. Lo vamos a pelear. Para ganar un partido hacen falta muchas más cosas. Las trabajaremos a nivel técnico y táctico. Si tenemos un fútbol vistoso mucho mejor, pero, primero, quiero que sea un Levante correoso y duro para el adversario.

¿Sabe qué entrenador tuvo usted que logró un ascenso histórico con el Levante?

(Sonríe) Manolo Preciado.

¿Le gustaría tener el mismo resultado que tuvo Preciado en el Ciutat de València?

Me gustaría ascender, por supuesto, pero es imposible llegar hasta el tobillo de Preciado. Es imposible dejar la misma huella que él.

¿Significó mucho para usted?

Manolo fue todo para mí. Me sacó del Racing B, me dio galones con el primer equipo, me trató como un padre, cuando me equivoqué con el Racing B me educó como persona… Cuando llegué al Racing no hablaba castellano y me trató como un hijo. Por eso ni de broma quiero que me comparen con él. Es mucho para mí.

Firma hasta final de temporada, pero, en caso de ascenso, tiene dos años más de contrato. ¿Es la oportunidad de su vida al suponer el tren que le pueda llevar a la élite?

No puedo proyectarme tan lejos. Es imposible en el fútbol. Voy a intentar disfrutar del viaje, no de la llegada al destino. El fútbol son los primeros amistosos y partidos de liga. Me centro en lo inmediato, no pienso en el futuro.

Se queda con Pepelu, pero se marcha Morales. ¿Le hubiera gustado entrenarle?

Claro… Obviamente. Va a ser una lástima. Todo no se puede tener. Tengo la suerte de estar aquí, pero es verdad que me hubiera gustado tener a una leyenda como él. Ver cómo entrena, cómo trabaja, cómo manda en el vestuario… Un jugador así no se puede reemplazar ni sustituir, pero intentaremos dar el máximo y estar a la altura sin él. Si lo hacemos bien, seguramente, estará orgulloso de su Levante. Mi deseo es ese: poder hacerlo bien.

En su presentación dijo que era una persona de corazón, apasionada y agradecida. ¿Es importante ser así en el mundo del fútbol?

Para mí sí. El fútbol son emociones. No somos máquinas ni ordenadores. Yo vivo de las emociones y creo que es importante. El día que uno pierda eso, mejor no estar en este mundo.

¿Viene de familia?

Creo que sí. Vengo de una familia humilde. Mi padre sabía perfectamente lo que era sudar para llenar el frigorífico y eso te lo traslada. Te lo mete en las venas. Siempre he sido un currante de este deporte, antes como futbolista y ahora como entrenador. No quiero cambiar porque creo que es la única forma de crecer, de mejorar y de ganar.

¿Cuánto dieron sus padres para que fuera futbolista?

Primero eran los estudios. Mi madre me prohibió empezar una carrera como profesional sin terminar el bachillerato. Después fui a la universidad y me gradué en Gestión y Administración de Empresas. El cerebro era importante para mi familia, pero he tenido suerte de poder hacer las dos cosas. Me ha ido bien en ambas, y pienso que es también importante tener la cabeza llena.

Jugó en su Francia natal, en España, en Inglaterra y, como franco-tunecino que es, hasta ganó la Copa de África en Túnez. Sus sacrificios tuvieron recompensa.

No solo son las experiencias como futbolista en otros países, son también como persona. Porque vas aprendiendo otras culturas, otros idiomas y, quieras o no, tratas con futbolistas que tratan con otros idiomas y otras culturas. Hay que darles tiempo. No es lo mismo un extranjero aquí en España, entender su cultura y hablar su idioma para que se sienta importante sobre el terreno de juego. Esas experiencias en otros países, como futbolista, hoy me sirven a mí como entrenador.

¿Cómo era como jugador? ¿Le costó llegar a la élite?

Fui mediocentro defensivo y tenía mucha calidad (ríe). El principio de mi carrera como futbolista en España es un resumen de mi vida. Al año de debutar con el Toulouse, el entrenador me dijo que no contaba conmigo. Tenía 19 años. La única opción que tenía era irme a prueba al Racing de Santander. Recuerdo perfectamente cómo, en el viaje en coche de Toulouse a Santander, mi padre me dijo: «Es tu última oportunidad. Si no, habrá que volver a estudiar y a hacer otra cosa». Fueron tres semanas largas. Y no sé lo que pasó en el primer equipo, que llegó un fin de semana en el que el primer equipo llegó con dos expulsados y dos lesionados. Me cogió Andoni Goikoetxea, mi entrenador en aquel momento, y me preguntó si alguna vez había jugado de central, a lo que le dije que no. No obstante, me dijo que iba a jugar ese fin de semana en esa posición. A un compañero del vestuario que hablaba francés, que se llamaba Javier Manjarín, le pregunté contra quién íbamos a jugar y me dijo que en el Camp Nou. Diez días antes estaba pensando en dejar de intentarlo en el fútbol para volver a estudiar y días después estaba debutando en el Camp Nou. Ese fue el resumen de mi vida. He tocado tantas veces los dos extremos que ahora estoy disfrutando de cada segundo.

¿Tenía mentalidad de entrenador cuando era jugador?

No sé si pensaba como entrenador, pero muchos compañeros míos me dijeron que me lo veían. Siempre me ha gustado mandar sobre el terreno de juego. Sobre todo, desde mi posición, que era el centro del campo. Puede que lo llevase dentro sin saberlo.

¿Es cierto que llevó mal la retirada como futbolista y se sacó los cursos de entrenador para evadirse de la tristeza?

Nunca preparé mi fin de ciclo como futbolista. No estaba preparado. Cuando me retiré en el Cádiz lo pasé mal. Anduve muy desubicado durante varios meses. Mientras tenía compañeros que ya estaban pensando sobre su ‘jubilación’ yo no pensaba en ello. Fue un ‘shock’ dejarlo. A los meses me saqué el título de entrenador, de director deportivo y viajé para ver cómo trabajaban otros equipos… Todo, para llenar lo que fue un vacío muy grande. Sin embargo, empecé en el Marbella y, orgulloso y feliz, sigo peleando.

¿Cuál es su mejor recuerdo como entrenador?

La Copa del Rey con el Badajoz. Eliminando a Las Palmas, al Eibar, llevando a la prórroga al Granada… 

¿Y el peor?

La derrota en Burgos la temporada pasada con el Leganés (4-0). Fue muy dura.

Dejó buenos recuerdos en todos los equipos. Sin embargo, lo sorprendente es que los dejó también en un Mérida con el que terminó descendiendo a Tercera División. ¿Es compatible ganarse el cariño y el respeto de la gente pese a los malos resultados?

Mérida fue una experiencia rara, y creo que la gente lo entendió. No sé cuántos casos ha habido en el fútbol, pero el Mérida me despidió y, a los dos meses, me llamaron los capitanes para volver. Volví al Mérida porque me lo pidieron los jugadores. Si no, no hubiera vuelto. Creo que hay más mérito cuando no hay resultados y la gente valora tu trabajo. Eso no tiene precio. Que la gente te dé un abrazo cuando ganas un partido es fácil. Vivimos en un mundo de resultados. A nivel humano, la del Mérida fue una vivencia muy buena pese a todo.