En aquella final contra el Bayern, el vértigo de la historia era mayor que el que me producía estar en aquella butaca del tercer anillo de San Siro. Desde las alturas, con 1-0 a favor, la silueta de Pablo Aimar se percibía como una hormiga atómica atacando la espalda acorazada de Effenberg, amagando con la esperanza creíble de una contra para batir por segunda vez a esa bestia mitológica de Oliver Kahn y levantar la Champions. Atrapado por el vértigo, Cúper retiró a Pablito en el descanso y Dick Jol obsequió con un segundo penalti a los bávaros para que empataran. Entonces Héctor Raúl dio entrada a Zahovic, otro mediapunta libertario, quizás porque era muy apresurado cambiar a esas horas de esa noche de mayo algunas reglas sagradas de la International Board para reintroducir a Aimar, que fue lo que muchos seguimos creyendo que quiso hacer.

El resto de la historia ya la conocemos, porque al menos una vez al día, desde hace 20 años y once días, nos vuelve fugazmente a la memoria y nos convierte en expertos para detectar cada arrebato de arrepentimiento en el fútbol. Y es así como sabemos que el Barça ha fichado al Kun Agüero porque es tan veterano, canchero y carismático como Luis Suárez, regalado al Atlético para festejar alirones entre lágrimas y videollamadas con sus hijos. En el fútbol los viejos amores se curan así, pasando página en falso, volviendo a convencer a Ancelotti para no olvidar del todo a Zidane, porque todos encaramos cada verano esperando que sea como aquel de los trenes por Centroeuropa, cargando mochilas y juventud.

Es probable que el Valencia CF haya fichado a José Bordalás porque ya no pueda volver atrás en el tiempo, moviéndose como aquellos cangrejos del chiste, para no despedir a Marcelino. En estos días el club ha rescatado lemas broncocoperos y fotos noventeras de Voro ensangrentado para conectar a Bordalás con la historia y creer, otra vez, en los noches del Piojo armando contras desde Río Tercero hasta un Camp Nou con el aliento encogido. Una maniobra impecable del departamento de comunicación, que sabe qué teclas hay que tocar para activar los recuerdos felices en el hipocampo de cada cerebro valencianista, pero que no evita que Meriton llegue tarde a su redención. Apelar al club «bronco y copero» no es un eslogan para ganar tiempo, es defender una manera de entender el fútbol y el valencianismo radicalmente contraria a la perpetrada en el mandato singapurés. Creemos mil veces más en la nobleza de un arrepentimiento de Cúper en San Siro que en cualquier signo de remordimiento de Peter Lim. Y aspiro discretamente a que, en un futuro, esta pesadilla societaria no obtenga el privilegio de desplazar la callada costumbre diaria de imaginar qué podría haber pasado de no haber sido sustituido en el descanso Pablo Aimar.