Un entrenador quetire de un club. José Bordalás se encuentra ante una tendencia cíclica en el Valencia, la de la reactivación de un proyecto como punto de partida para relanzar una entidad estancada. El reto, sin embargo, es más complicado que nunca por el delicado contexto societario que atraviesa el club de Mestalla, con un margen de maniobra financiero muy estrecho. Pero sí que se parte de una premisa parecida, la de un libreto futbolístico que emparenta al Valencia de las mejores épocas. Así sucedió con Ranieri, así se repitió con Marcelino. A ese desafío se enfrenta Bordalás.

Los preceptos están muy definidos y casan con la cultura competitiva que ha acompañado históricamente al club durante décadas y, en ocasiones, directamente lo ha rescatado. El estilo “bronco y copero” encaja con la filosofía de José Bordalás. Un equipo agresivo, con presión alta y transiciones veloces conectan identitariamente con la grada de Mestalla. En las últimas declaraciones de Bordalás, por encima de cómo vaya a decantarse la planificación de la plantilla, el técnico ha mostrado una confianza ciega en su método para relanzar al Valencia. Un déjà-vu que transporta a la mente del aficionado a otras épocas confusas, como en 1997 y 2017.

La primera catarsis llegó con Claudio Ranieri. Después de tres derrotas en las tres primeras jornadas de Liga de la 97-98, el presidente Francisco Roig y el director deportivo Javier Subirats daban un golpe de timón a un proyecto errático con el despido de Jorge Valdano y la apuesta por Claudio Ranieri, una antítesis conceptual a lo que representaba el técnico argentino. Del toque y la pausa se pasaba al contragolpe y el vértigo. De Romario, Marcelinho Carioca, Ariel Ortega y Moussa Saïb a sacar partido de futbolistas marginados como Mendieta y Claudio López. Una reconstrucción estilística compleja que requirió meses de adaptación. El curso 97-98 acabó lejos de los objetivos (con dimisión presidencial de Roig incluida), pero con un nivel ascendente en las últimas jornadas de campeonato que dejaron sentadas las bases de la triunfal campaña 98-99, con la consecución de la Copa (3-0 al Atlético), con el aporte fundamental del fichaje entre medias de Santiago Cañizares. En dos temporadas se había reactivado un club y se habían sentado las bases que permitirían a la entidad, a través del éxito deportivo, definirse como modelo de negocio y aumentar ingresos en el resto de partidas, con un Mestalla siempre lleno y la explosión mercadotécnica.

Aquel Valencia de Ranieri, afilado por Cúper y perfeccionado por Benítez, tenía una conexión concreta con la configuración clásica de los equipos de Bordalás, la fuerte influencia de veteranos en la plantilla. Los Damián Suárez, Ángel o Jorge Molina eran los Milla, Carboni, Djukic y Angloma de Ranieri. Tipos que, además de un excelente rendimiento, contribuyen con su experiencia a una formación alejada del foco de promesas y que son capaces de absorber la presión ambiental y las exigencias del proyecto. A diferencia de aquellos conjuntos, el Valencia actual es un equipo muy tierno, a nivel caracterial.

La siguiente reconstrucción a partir del peso de un entrenador que con ideas definidas, temperamento y una una comunión perfecta con la dirección general, rellenó el vacío de poder de un club sin proyecto para relanzarlo en tiempo récord. Sucedió con Marcelino, acompañado por Mateu Alemany, el equivalente al Subirats con el que contó Ranieri. Si en 1997 se renunció al estilo asociativo de Valdano, en 2017 se rompió el acuerdo tácito al que Alexanco había llegado con Quique Setién, un entrenador de marcado estilo preciosista.

La historia es conocida. En las dos temporadas de regencia de Marcelino, el Valencia que venía de dos decimosegundas plazas consecutivas, encadenó dos cuartas posiciones seguidas y remató el Centenario con la conquista de la Copa. El éxito de un entrenador tenía el premio de reconstruir las expectativas de todo un club. Tras ganar la Copa en el Benito Villamarín al Barcelona de Leo Messi (2-1), las perspectivas del Valencia pasaban por confirmar el adelantamiento al Sevilla y recortar terreno al Atlético de Madrid. El 11 de septiembre de aquel año, después de un verano de cohabitación asfixiante, Peter Lim despedía a Marcelino y, desde entonces, se asistió a la involución galopante de la entidad. Primero deportiva y, en dependiente efecto dominó, social, económica e institucional.