No dejo de asombrarme con el renacer de este Valencia de Bordalás. Ni siquiera el parón de selecciones corta las alas al equipo, transformando la tendencia en milagro. Otro volantazo más al rumbo de un equipo que en los últimos cinco años ha sido 12º, campeón de Copa y top-16 de Champions y ha vuelto a la mediocridad, por mentar los picos más destacados. Imposible de explicar para cualquiera que no viva la realidad del club, difícil de entender para los que, como un servidor, vivimos el Valencia desde la lejanía.

¿Por qué el Valencia es así? Pasional, imprevisible, fugaz. Cuenta la leyenda popular que el Valencia tiene dos hermanos repartidos por Europa. No clubes hermanados, sino equipos con un origen similar y con un destino parecido. Espejos en los que mirarse.

En Marsella hay un hermano ché, casi casi que mellizo: el Olympique. Un buen saco de títulos locales, una Liga de Campeones más una final y una rivalidad acérrima con la capital hacen de la historia del OM un espejo en el que reconocerse. Incluso los tiempos modernos trajeron al sur de Francia el capital extranjero, objetivos comunes en el mercado de fichajes y un presidente asturiano sobradamente conocido en València como Pablo Longoria.

En Italia hay un hermano menor. Similar en pasión, disputa el ‘Derbi del Sole’ (derbi del Sur) contra la Roma. A nivel de prestigio, todavía vive lejos del murciélago, aunque su mejor jugador de siempre también regaló un Mundial a Argentina emulando a Kempes en el 78: es el Nápoles de Diego Maradona.

Mucho de lo que pasa en Mestalla se puede ver a veces en el antiguo San Paolo o en el Velodrome, pero yo como berlinés de nuevo cuño quise encontrar al hermano alemán perdido del Valencia. En una segunda división plagada de históricos, el Hamburgo deambula sin rumbo fijo. En un país sin posibilidad de propiedad extranjeras por la regla del 50+1, el HSV ha visto directivos de todo tipo en los últimos tiempos. Seis ligas, al igual que el Valencia, aunque con una Copa de Europa en las vitrinas. Y un episodio negro en común: el descenso a Segunda. El Dinosaurio, llamado así por ser el único equipo en haber disputado todas las temporadas en la historia de la Bundesliga, bajó a Segunda en 2018 y paró su reloj vital. Desde entonces, tres temporadas seguidas sin siquiera poder clasificar al playoff de ascenso pese a ser de largo el equipo más grande de la categoría: un estadio que alienta pero también intimida y que prometo visitar en breve.

Esta semana sonrío viendo el 1-4 en Pamplona, sí. Pero también me alegro del 0-2 del Marsella al Mónaco, rival directo por la Champions. O del 2-1 que el Nápoles le cascó a la Juventus con un estadio enrabietado. ¿Que qué hizo el Hamburgo? Ganar en el 96 en casa, la mejor sensación del mundo. Ninguno de los cuatro hermanos juega Champions, pero ya es martes y la alegría de los cuatro hermanos todavía perdura.