Hace ya más de diez años, una irrupción cambiaría para siempre la política de fichajes en el mundo de los banquillos. El éxito del Barça de Guardiola, cuya única experiencia previa fue el filial culé en Tercera, invitó a los clubes a redoblar la apuesta por las leyendas del club con escaso rodaje como técnicos. Sin Guardiola, cuesta más poner en contexto el éxito de los Zidane o Simeone. También fracasos sonados como Maradona con Argentina, Lampard en el Chelsea o Pirlo en la Juventus, pero nos solemos acordar más de los casos de éxito. Existe una estirpe de exjugadores destinados a entrenar algún día al club de su vida. Xavi Hernández, al que tan solo la burocracia catarí puede impedir un regreso por todo lo alto a Barcelona, es tan solo el último ejemplo de esta raza, pero todo el mundo sabe que Steven Gerrard entrenará al Liverpool o que Andoni Iraola pasará por el Athletic Club cuando los clubes necesiten reencontrarse con su esencia.

El Valencia probó la ecuación por partida doble con una de las mejores parejas de la historia del club. Pellegrino primero y Djukic después gozaron gracias a su estatus de leyenda del club de una oportunidad única... literalmente: su mayor logro desde la banda ha sido precisamente sentarse en el banquillo local de Mestalla. Todos esperamos una buena racha de Rubén Baraja para continuar con la saga. Una buena ascensión en Paterna se cayó por tierra por un encontronazo con Nuno y, desde entonces, no termina de romper en Segunda. Desde entonces, la nada. El Valencia ha dado muchas más estrellas de la comunicación. Ahí están Albelda, Cañizares, Mendieta o Mario Alberto Kempes, copando medios nacionales e internacionales, pero lejos del perfil de candidatos al banquillo del primer equipo. La generación del doblete debería estar siendo la más prolífica en este sentido, pero muchos acabaron en los despachos del mundo del fútbol. Es el caso de Ayala, Vicente, Juan Sánchez, Rufete o Carboni.

Pero en medio de un panorama sombrío, dos nombres opositan a ser ese predestinado a pasar por el banquillo ché. Hay uno que ya está. El presente del Mestalla no ilusiona a muchos, de ahí que todavía no haya sonado mucho, pero Angulo no deja de ser el segundo jugador con más partidos de la historia del club y, a poco que el filial recupere su status, entrará en todas las quinielas en cada cambio en el banquillo. Sin embargo, el ser técnico predestinado tiene una mística especial. Y a magia, pocos le ganan a Pablo Aimar. El Payaso, actual segundo de Scaloni en la selección argentina, tiene un aire como que esto no va mucho con él. Centrado en el desarrollo de la base, queda por calibrar cuánto va a disfrutar de la exigencia de ganar partidos. Aimar era bohemio dentro del campo y también lo es desde la banda, no cabe duda. Aimar no solo era bueno con una pelota, sino que transmite ese carisma y clarividencia que tanto ilusionan cada vez que le vemos hablar en público en entrevistas que se vuelven virales. Aimar es el comodín para darle la vuelta a una crisis tan solo con su llegada. En Mestalla siempre habrá un sitio para Aimar... siempre que Aimar quiera.