Opinión | CARRERAS POPULARES VALENCIA

Carles Senso

El Maratón como incógnita irresoluble

El colaborador de Superdeporte relata su debut en la Maratón, precisamente en las calles de una Valencia que se viste de gala para convertirse en referente mundial del running. El esfuerzo, la agonía y la superación desde las entrañas de los 42.195 metros.

El final del Maratón de Valencia este domingo

El final del Maratón de Valencia este domingo / Nacho Palacios

La Maratón es una incógnita. Todo las posibilidades abiertas. El enigma se resuelve diferente en cada uno de los 26.240 participantes. Importa, por supuesto, cuánto y cómo has entrenado en los tres o cuatro meses anteriores. Pero incluso así las cartas están por jugarse cuando suena el pistoletazo, porque las variables son inacabables. Mi salida suena a las 8:25. Me rodea gente con la pretensión de bajar de tres horas. Hace unos años, a este nivel le regalaban la Maratón del curso siguiente. Hoy, miles de corredores han salido ya y otros tantos me acompañan en el cajón. Pero la elitización generalizada no quita mérito. Menos cuando los 60, 70 u 80 kilómetros a la semana coinciden en casa con un pequeño de dieciocho meses que es un saco de virus, con un trabajo sin horas, con imprevistos en forma de lesiones… con la vida. Volveremos sobre eso.

El punto de partida

Hace frío pero nadie lo nota. Los nervios, aunque no se perciban. Esos que a penas te han dejado pegar cabeza la noche anterior. Miro las 2, las 3. Ojos de búho cuando ha sonado la alarma a las 5:40. La salida crea dudas. La intentan parar tras un pistoletazo incontrolado. Pero nadie ata al caballo cuando sale sin correa. “Soltad a los perros porque me he escapado”. Salgo, como todos y todas las participantes, por encima de mis posibilidades. Velocidad de crucero. Primeros kilómetros por debajo de 4 minutos. La bandera de 2:50 más cerca que la de 3 horas. Irreal, peligroso. Tira de mí mi compañero Tomeu. “Vete delante, no me fuerces”. Intento escuchar los consejos que me han repetido durante semanas los que saben: “Si te creces al principio, lo pagas al final”.

En el kilómetro 2 ya pienso: “Faltan 40, esto se va a hacer largo”. En los primeros metros te da pavor lo que queda por delante pero, cuando pasan los kilómetros, te atenaza lo ya hecho. Esperas el mazo. Es mi debut en la Maratón y nunca he corrido más de 33 km. en los entrenamientos. A partir de ahí, mar abierto. Profundo, desconocido e incierto.

Muchos estilos, mucho nivel. La estética denota técnica pero tantos y tantos vuelan sin estilo. Ya nunca me atrevo a aventurar registros prejuiciosos. Intento pensar en otros temas. En investigaciones que llevo entre manos, en la música que resuena cada nada, en trabajo… pero nada, aquello que queda por venir siempre se impone. Y el tiempo que llevo de media por kilómetro. Y la tensión de las piernas. Aprendí poco del libro de Haruki Murakami dedicado a correr, entre otras cosas porque me pareció bastante malo. Aun así, consigo no mirar el reloj en un rato y cuando creo que viene el 8, llega ya el 10. Buena señal. Ritmo de 4:01. Primer gel.

Ver caras conocidas en el Maratón

La incógnita toma forma de ilusión inesperada.

El cuerpo se prepara para lo que tiene por delante. Si sales a hacer 6 km, en el 5’5 quieres morir. Hoy tocan 42.195. “Disfruta. Esto acaba pronto”, me digo, me repito, me pongo pesado. Disfruta.

La gente de Valencia es diferente. No he corrido otra Maratón pero me atrevo a decirlo. De lo contrario no vendría gente de 134 países. Más extranjeros que españoles. Las calles del Cap i Casal son idóneas para la Maratón. También para los amateurs como yo. “En Valencia se vuela”, afirma un andaluz en la previa. Tomeu está a la vista. Él está hecho un lince. Yo, si sigo así, también. Llevo una décima parte, llevo un cuarto, llevo la mitad. Apuro el segundo gel para guardarme balas. Cae en el 19. El registro sigue estando por debajo de lo previsto. “Estàs espectacular, continua, amic”, me digo en tercera persona. Ha quedado atrás Eugenia Viñes, Tarongers, Avenida Catalunya, Botánico Cabanilles, Blasco Ibáñez… veo a gente conocida y me dan oxígeno. Los que no han hecho una Maratón no pueden entender cómo se valora ver a alguien que conoces dejarse la voz para animarte. Yo, en el kilómetro 19 llevo ya 19 esperando llegar al 31 para ver a María y a Hugo, mis vidas.

Es imposible hacer entrenamientos a esos ritmos. Supero los 20 y sigo a ritmo de 4 minutos el km. Me sobra ya todo. Camino del Cabañal me quito las mangas y las aguanto un ratito a ver si veo a mi hermano. Al final, las lanzo a un amigo. Avenida del Puerto y hacia la Alameda, una de las zonas más concurridas porque por allí se pueden ver varios pasos. Gente agolpada. El griterío te lleva en volandas pero las zancadas las das tú y camino del 26 alguna ya empieza a venir descompasada por alguna dolencia en el nervio ciático. Cae el tercer gel. Lo espero como quien anhela la llegada de los Reyes Magos pero ya no soluciona tanto. El solecito se agradece porque algún escalofrío me sacude el cuerpo.

El esfuerzo detrás del registro

Pienso que hace unos momentos por ahí mismo ha pasado gente corriendo por debajo de 3. Pero ellos no se levantan a las 5 de la mañana para conducir su camión como mi compañero Deval, o empalman 4 horas de clases de natación y después se cascan series a 3:20 como Xisco, o sigue siendo un referente tras criar a tres preciosos hijos como Carol, o se sobreponen a lesiones y a miles de horas junto a togas como Vilata. Detrás de cada registro hay una vida de esfuerzo. Que el resultadismo no te impida ver el bosque.

Tiro hacia Nuevo Centro y de ahí, por el río, a la Paz. A por el muro. Bebo siempre que algún avituallamiento se monta ante mí. Para hidratarme pero también para notar el calor de los voluntarios, que se dejan la piel. Gracias eternas.

Los cadáveres se reparten ya a ambos lados de la calle. “Que pena”, pienso. “Tanto esfuerzo ¿Cómo se sentirán? Tira, no pares”. No vale pensar en bajar el ritmo o incluso en parar. Pero me pasa por la cabeza. Hugo y María me sientan como un pedazo de entrecot. Ese km. lo marco a 3:58. Y se acabó. A partir de ahí, tras la alegría, a sufrir camino del Bioparc. “Hasta allí, freno de mano”, aconsejan mil videos. Se pone sólo. No pienses nunca que la Maratón son dos Medias Maratones. Error. Comen en mesas diferentes. El ecosistema que se vive a partir del 30 no lo has conocido si no te has enfrentado a los 42.195. Marco algún km. por encima de 4:15 y en el 36 el pinchazo en el gemelo izquierdo afirma: “Acabar es suficiente”. Pero no quiero perder lo conseguido y apuesto por un gel de cafeína que no he entrenado. Ni lo noto. O eso creo.

Sigo acumulando. Sólo, por el campo y sin el calor de la gente, no hago esto ni volviendo a nacer. Pero la Maratón de Valencia es única. Aún veo a Tomeu, que ha tenido algún hándicap gastrointestinal. Qué importante el estómago. Y los calcetines, y las tiritas en los pezones, y las uñas bañadas en vaselina y pese a ello rotas. Todo cuenta. Si no controlas algo, en algún momento de los 42.195 se te aparece con la guadaña y te sentencia.

Vuelvo a ver a mis vidas en el 39 y pese a que ya la meta se huele, no disfruto precisamente. Sufro, a esos ritmos sufro pero con esos ritmos disfrutaré al acabar. Todo lo que corrían los kilómetros antes del 30, se ralentizan a partir de ahí. Y se alargan las calles y las voces (pese a multiplicarse) parece que ya no me llevan en volandas como hace un rato.

La incógnita muta en incertidumbre. Pero también en mayor demostración de capacidad de sufrimiento. Hasta niveles desconocidos.

Por debajo de las 3 horas

En la recta final, sobre el tamiz azul y levitando sobre las aguas, una sonrisa se dibuja sin control. Ya. Lo hemos conseguido. Porque no llego sólo a la meta. No hubiese sido capaz sin mi mitad y nuestro pequeño. 2:55:29. A 4:09 de media. Cuando todo acaba, me duele el cuerpo entero. Soy incapaz de agacharme, camino como si cabalgase. Tomeu y Mulero me acompañan en meta. Nos abrazamos. Disfrutarlo juntos lo hace más especial.

La incógnita es ya la certificación del trabajo bien hecho.

La incógnita, sobre todo, es mérito. Mucho mérito.