Era noviembre de 2011, cuando los sismógrafos del departamento de Ciencias Físicas de la Universidad Federico II de Nápoles detectaron “leves oscilaciones sísmicas” en la ciudad partenopea. Un temblor que no venía del Vesubio (un sospechoso habitual), sino del rugido colectivo que provocaron en el estadio San Paolo los dos goles de Edinson Cavani al Manchester City en la Champions. Anoche, el célebre delantero uruguayo comprobó en primera persona las volcánicas propiedades de Mestalla, y su temblor centenario de 44.000 almas, cuando saludó a su nuevo estadio, tomado por la agitación colectiva del club histórico que quiere renacer. El Valencia de Rino Gattuso, con mucha personalidad, grandes intenciones y los remates mordidos que el Matador deberá afilar, zarandeó en muchas fases al Atlético, lo tumbó con un derechazo desde 30 metros de Musah anulado por falta previa, y continuó igual de incandescente toda la velada. Un afortunado gol de Griezmann, rebotado en Soler, acabó decidiendo un partido igualadísimo en el que la diferencia en los recambios fue tan clave como sintomática. No se ganó, y son 3 puntos de 9, pero Cavani ya conoce la magnitud telúrica de Mestalla y la dirección del proyecto parece la correcta.

Mestalla entró en trance al partido, cantando el himno regional y con ovación al nuevo ídolo. De esa efervescencia de noche grande quiso aprovecharse un Valencia vivísimo, anticipándose a todos los balones divididos. Soler y Guillamón desplegaban los planos, Thierry, Lato y Musah encaraban en cada jugada y Lino y Castillejo se perfilaban a pierna cambiada buscando a Oblak desde el primer aliento. Entre todos, el Atlético no solo no era capaz de imponer su mayor poso, sino que fue poco a poco refugiándose en su área, cuando hacia el cuarto de hora el Valencia se le acababa de subir a la chepa. En la renovada convicción que Gattuso ha dotado a su equipo, hasta Diakhaby mostraba autoridad de jerarca y jugar con la cabeza levantada y atreverse con todo vuelve a ser una idea seductora. Fue así como Yunus Musah dibujó un derechazo desde 30 metros que sorprendió a Oblak. Un obús invalidado por Cuadra Fernández a instancias del VAR, por una posible falta de Diakhaby.

Gattuso, como en la expulsión a Cömert en la primera jornada, leyó el momento y arengó a Mestalla que subió un par de grados en su presión ambiental. Era un partido en el que la clave no estaba tanto en el control de las emociones, sino en aprovecharse de ellas, vivir con 120 pulsaciones permanentes después de tres años de invierno singapurés. El Atlético replicó, cazando al vuelo cada pequeña imprecisión local, pero Joao Félix y Morata chocaron con dos veces con un gran Mamardashvili. El campo coreó las cinco sílabas de su apellido. Cömert y Lino las tuvieron en el minuto 37, y Cuadra Fernández alimentó otra vez la controversia con una tarjeta roja a Thierry, que zancadilleó a Morata, en una escapada en diagonal hacia el córner. El VAR desbarató el castigo, pero en la decisión del colegiado es probable que también interviniese el factor ambiental. En otro Mestalla, el desarraigado de media entrada, probablemente la expulsión no se hubiese corregido. Un estadio encendido siempre describirá a un club vivo, y no tanto significará la aprobación a un máximo accionista.

Los cambios, clave

Simeone retiró en el descanso a un Saúl desbordado como lateral. La mayor calidad en el fondo de armario colchonero podía ser una de las claves en la segunda mitad, con los equipos necesitados de refrescos en una noche de desgaste físico, bochorno y humedad. Con el Valencia, con un punto menos de ferocidad, merodeando el área visitante, el siguiente en salir fue Griezmann. En su primera aparición, el delantero francés encontró la recompensa, en un disparo colocadito, que se envenenó al rebotar en el trasero de Carlos Soler. Un castigo excesivo. Quedaban 25 minutos en los que el Valencia iba a asumir más riesgos y exponerse a las contras del Atlético. Gattuso buscó soluciones con Nico, con el debutante Fran Pérez y con un Maxi Gómez con el visado preparado para Estambul. El Valencia seguía peloteando en tres cuartos, paciente y con varios jugadores pidiendo lanzar faltas (la pelota ya no quema). Gattuso retocó el dibujo a la desesperada introduciendo a Diego López, a bayoneta calada.

Mestalla echó el último aliento, pero al digno y acalambrado Valencia ya no le quedaban fuerzas y Mamardashvili evitó en tres ocasiones un marcador que habría sido desmedido. El estadio aplaudió a un equipo en el que vuelve a sentirse reconocido.