La Eurocopa no hace falta ni verla. Basta con saber que se está jugando. Basta con recordar que sigue ahí de fondo, ajena a nuestras preocupaciones, para ser a diario y gane quien gane, un poquito feliz.

Me pasa menos, pero aún, de vez en cuando, me ocurre y me sorprendo. Voy en coche hacia algún sitio e inconscientemente me desvío hasta llegar primero a la casa de mis padres, hasta la que fue de niño mi casa, y desde ahí ya emprendo luego el camino hacia mi verdadero destino. Es como si solo desde casa de mis padres pudiera ver el mapa completo, como si allí encontrara la brújula del juego, como si entonces de repente estuviera todo claro de nuevo. Supongo que no es más que un mecanismo mental de seguridad, como el entrenador que tiende a volver siempre a aquello que le funcionó, o como el delantero que elige ejecutar, en el penalti decisivo de una tanda, su clásico golpeo de toda la vida. El natural, el de confianza.

La Eurocopa es uno de esos fenómenos que invitan a regresar al nido mullido, a los esquemas mentales de la certeza. No es el Mundial, no nos flipemos, ni los Juegos Olímpicos tampoco, ni siquiera es el Grand Prix del verano; pero no está mal la Eurocopa, no nos quejamos por un mes de partidos de la Eurocopa. Al escuchar la palabra, y por ese reflejo mental del que estoy hablando, mi cabeza gira automáticamente a Inglaterra ‘96, a la primera que de veras recuerdo. Cada una de las que vienen después las comparo con aquello, y por supuesto salen perdiendo. No me refiero a lo futbolístico, porque a veces eso es lo de menos. Ya se sabe que de niño te pasan cosas de niños y de adulto te pasan cosas de mierda. Creo que los seres humanos solo podemos vivir de manera febril una serie limitada de acontecimientos. Cuando llegas al límite, te terminas acostumbrando y medio aburriendo. La mejor Eurocopa, como lo mejor casi todo, suele ser la del descubrimiento.

Nadie encuentra un videojuego más adictivo que aquel de 8 bits que lo atrapó en la infancia, por mucho que digan los datos, la tecnología y todo lo medible y lo tangible. Nadie puede sostener la intensidad con la que cruzamos la adolescencia -y en cuanto a la Selección, USA ‘94, Inglaterra ‘96 y Francia ‘98 fue mi secuencia- a lo largo de mucho tiempo. Sería insano, no se puede, y tampoco me lamento. A cambio la vida nos deja volver a ello de manera fugaz, como si fuera un experimento. A algo así invita la Eurocopa; una excusa para ser lo que intuyo que en el fondo somos, para ser lo que no dejaríamos nunca de ser si nos lo permitieran: el sueño libre, la juventud infinita, la alergia a las responsabilidades y la apología de la nostalgia.

Un domingo con partidos cualquiera de la Eurocopa es lo más cercano a la felicidad. Un alivio vital sin atadura alguna, porque no hace falta ni verlos, porque los vicios no son como antes; solo se necesita saber que están ahí jugándose, como siempre y como entonces, pase lo que pase. Un domingo así es una parada en casa de tus padres, antes de ir a cualquier otra parte. Volver a donde fuiste feliz. Sentir una brisa eléctrica y sanadora, una tensión suave que te roza la cara. Pisar tus viejas calles.