El Madrid tiene un problema el domingo. El Valencia ha vuelto. No se equivocaba Jagoba Arrasate en la previa cuando dijo aquello de que «este Valencia va a regalar poco este año». Yo diría que nada. El gran éxito de la goleada a Osasuna, más allá de estadísticas, es la personalidad que tuvo el equipo para levantase del primer gol de Osasuna en El Sadar. Sí, en El Sadar. Allí donde el equipo llevaba casi una década sin ganar. Allí donde el equipo solía hacerse pequeño. Encajar un gol a las primeras de cambio en Pamplona hasta hace nada era sinónimo de ridículo, pero a este Valencia de Bordalás pocos van a pintarle la cara. Este equipo no tiene miedo a nadie. Al contrario, se envalentona. Se crece. No se asusta. Confía tanto en sí mismo que hasta incluso se cree mejor de lo que es. Le está pasando también a los futbolistas. Porque lo de Maxi y Alderete no fue normal. Estaban frescos como una rosa. El cansancio no les pasó factura. Al revés, la confianza del entrenador de esperarlos, de cambiar el plan de viaje y de darles la titularidad los reforzó y los hizo sentir mejores. Por ahí se empezó a ganar el partido. También por el banquillo. Ya se nota. El nuevo fondo de armario va a ganar partidos. O por lo menos va a ayudar a no perderlos.

Poder improvisar sobre la marcha una banda izquierda de garantías con Foulquier y Hugo Duro es oro puro. Bordalás lo ha cambiado todo. En el campo y fuera. Ver al técnico el sábado sacando las garras y defendiendo al club por los sudamericanos es música celestial para el valencianismo. No hay mejor portavoz posible. Y no hay mejor ‘10’. Soler cada partido que juega cotiza más al alza. Cada día que pasa es más urgente renovarlo. Por cierto, hay que agradecerle al club que no malvendiera a Guedes. Y al portugués hay que agradecerle que se haya subido la moto y ya no quiera bajarse. 10 de 12. Es el mejor resumen del efecto Bordalás. Que se prepare el Madrid.