Cuanto más recuerdo el Valencia-Madrid de la temporada pasada más miedo me da el árbitro del domingo. Cuantas más veces veo los tres goles de penalti de Carlos Soler más sensación tengo de que algo injusto va a pasar. La maquinaria blanca se ha puesto a funcionar. Desde alguna tertulia de la capital ya se han encargado de recordar que aquella fue la primera vez en la historia del Madrid que le señalaron tres penaltis en contra el mismo partido. Pobre Gil Manzano. Lo crucificaron sin merecerlo porque ni el extremeño ni el VAR fallaron.

Confiemos en la profesionalidad del colegiado. No queda otra. Bueno, sí. Confiamos en Bordalás. Ciegamente. El técnico está cumpliendo todos y cada uno de los objetivos que se marcó el primer día en su presentación. Habló de recuperar el ADN. Hecho. Habló de ser un equipo competitivo del que su afición se sintiera orgulloso. Conseguido. Habló de reducir el número de goles en contra. Lleva camino. Habló de recuperar el estatus en LaLiga y el crédito a domicilio. Pues, 10 de 12 puntos y victoria en El Sadar. Y por encima de todo habló de construir un «binomio equipo-afición». Y lo está logrando. La ciudad vuelve a respirar ilusión por el fútbol. El domingo lo comprobará el mundo entero. 29.000 almas rugiendo en Mestalla. Sabe a llenazo de 55.000. Pone los pelos de punta solo de pensarlo. Al efecto Bordalás no lo para nadie. Esperemos que el árbitro tampoco.