Estoy convencido que el inicio de temporada del Valencia Basket no ha sido el esperado para nadie. Pese a la reducción de integrantes del equipo, el retorno a la Eurocup tras el éxodo de la Euroliga y la no continuidad de jugadores diferenciales como Kalinic, las previsiones allá por el mes de agosto eran seguro bien distintas a la realidad de hoy.

En el contexto en el que nos encontramos actualmente es más que entendible aunque sí es cierto que con alguna dosis de frustración. Seguramente el sentir de Peñarroya ahora mismo es ese, el de no poder disfrutar al máximo de dirigir un bólido con aspiraciones importantes en plenas condiciones. Las lesiones y las bajas le han lastrado y castigado con severidad desde que llegó. Ya lo comenté hace unas semanas. El problema del técnico ya no es tan sólo en los partidos, sino en la planificación de los entrenamientos, en los que la gente joven ha tenido que intervenir para darle un punto más de calidad a las sesiones.

Peñarroya ya expresó al club su sentir ante las bajas y conoció una respuesta que esperaba. No habrán refuerzos temporales. Tirar con lo que hay, aprovechar los proyectos todavía sin cocer de l´Alqueria y esperar que la enfermería acelere con garantías la vuelta de los ausentes fue el mensaje que obtuvo. Esto lleva implícito cierta bajada de exigencia asumida. Ahora mismo nadie puede pedir más ni a Peñarroya ni al equipo. La grada, cada año mucho más madura, ha reconocido el esfuerzo y trabajo del Valencia Basket en cada partido de La Fonteta, y aunque todavía no ha visto a su equipo ganar, es sabedora del gran lastre que arrastra desde hace más de un mes. De los problemas diarios que existen.

Peñarroya pese a todo esto exporta una imagen de nula complacencia. Ha llegado a València a ganar, a crecer, a pelear por objetivos que hasta ahora no había tenido oportunidad, y caer en esa espiral negativa de derrotas, lesiones, y esperar que todo cambie en el futuro por inspiración divina no entra su cabeza. Lo entiendo y admiro. Hay que cuidar esa ambición de Joan y trasladarle pleno respaldo, como me consta que así ha sido, para que no ceje en su empeño de poder reilusionar a una afición que de momento ve a su equipo anclado en una tierra de nadie y con un alarmante querer y no poder en unos finales de partido que han sido letales ante la falta de energía.

El vestuario sabe que hay que pasar este trance con el menor daño posible y con la idea de no dejarse ningún objetivo en el camino. Es pronto todavía, pero la lucha por la Copa se antoja nuevamente a cara de perro y la Eurocup está a la vuelta de la esquina. Sí, ese torneo que guía a la Euroliga por la senda más corta. Nada de bromas.

La vuelta a Burgos de Peñarroya va a ser diferente a la que podía haber previsto, pero venir con la tercera victoria en la maleta es fundamental. Toca recuperar fuera lo que de momento en casa no se ha sacado adelante. Apretar dientes y a remar.

Aprovecho las últimas líneas para desear lo mejor a Javier Pereira. Papeleta compleja en su debut de mañana ante un Getafe herido y que tendrá la versión 3.0 de Quique Sánchez Flores. Rigor defensivo, evitar horrores atrás y ganar, los objetivos más inmediatos. No es fácil ni mucho menos. Con cierta desventaja en los tiempos respecto al rival y unas lesiones que no perdonan, la personalidad del técnico va a jugar un papel determinante más allá de las disposiciones tácticas. El amparo del Ciutat debe ser un extra a favor y no un hervidero de presión. El calendario vaticina curvas de impresión y la unión ha de ser sólida. Las críticas y el análisis tendrán su momento, pero no es el momento.