Mario Kempes tardó 40 años en poder agarrar la Copa del Mundo de 1978, un trofeo que llevaba escrito su nombre tras la exhibición goleadora en aquel invierno austral tapizado con los papelitos blancos de cada salida al campo de la albiceleste. Lo contó el Matador en el número 100 de la revista Panenka, en un fragmento al que hizo alusión Ximo Puig para entregar la distinción de la Generalitat a un tipo humilde y desprendido, que todavía hoy desliza sonriendo un chiste amable para desengrasar cualquier conversación en la que detecta acumulación adjetivos para glosar el hecho indiscutible de su leyenda como mejor jugador del mundo en su época. Entre Cruyff y Maradona, el planeta fue de Mario y además con la necesaria rúbrica estética de los mitos, con el garbo de la melena al viento, medias bajas y la potencia de una zancada propia de los elegidos.

«Y luego no agarré la Copa. Cuando nos la dieron, todos los chicos se abalanzaron encima del trofeo, todos querían tocarla, pero no tuve ese ansia. Me sentía agradecido de haber participado y haber logrado lo que nunca imaginé que hubiese llegado a ser. En esos momentos estaba muy cansado, exhausto, y no iba a pelear con los muchachos. Pasaron 40 años hasta que pude agarrarla y hacerme una foto con ella, solo para mí, allá en Suiza, en el museo. Disfruté de ese momento como si hubiese nacido otro hijo mío.»

No ha habido otro futbolista que haya pisado Mestalla más querido, pero los actos de justicia con Mario siempre han venido en diferido. Su homenaje de despedida como jugador llegó una década de retraso y fue como fue, con el público coreando a Romario, contraseña de entrada al tiempo que estaba por venir, el del exceso de los años 90, en la que la euforia se comía a bocados la memoria. El fútbol solo multiplicaba el latido apresurado de la sociedad de entonces. Sus vinculaciones con el club han sido breves y amargas. Tanto como segundo entrenador del Palomo Núñez como cuando se inmoló como embajador a costa de que el resto de mestallistas abriésemos los ojos. De nuevo Mario se sacrificó por el colectivo. Como cuando Di Stéfano le mandó en la final de la Recopa que se colocase como 9 para fijar y desgastar a O’Leary y Young, los centrales del Arsenal, renunciando a esas arrancadas que habían decantado las finales de los dos años precedentes, en el Monumental en el 78 y en el Manzanares en 1979. Su partido en Heysel fue, a nivel de lucimiento, muy discreto. Se puede decir que tampoco agarró aquella copa.

Exponer la ausencia del reconocimiento estable hacia Mario (o hacia Fernando, Subirats o la tardía consagración de Arias) resulta tan inconcebible como lo sería describir un Bayern que hubiese dado la espalda a Hoeness y Beckenbauer. Cuesta imaginar un Ajax sin el recuerdo de Cruyff moteando cada rincón de su estadio del Cruyff Arena. En carga carismática para nada Kempes les debe envidiar. En un fútbol que se encamina veloz hacia una homogeneización incolora, ese simbolismo impacta en el visitante que sabe que no va a visitar un campo cualquiera. Y toda singularidad, con visión, es una fuente de ingresos, por anticiparme a los que señalan que el romanticismo es un brindis vacío que no te ayuda con el «fair play».

Kempes ha vuelto esta semana para refrescarnos varias verdades oxidadas. Cada frase ha sido una dosis de vitamina K. Sus titulares apelan a todo lo que realmente es trascendente para accionar un club de fútbol. Militancia, memoria, respeto, cercanía, sentido de pertenencia, proyecto y otras certezas desgastadas bajo la administración Meriton. Esto no pasa solo por «ponerlos». Si todo se redujese a ponerlos, el Valencia se habría salvado con los millonarios cambios de propiedad de 2004 y 2014. Pero entonces y ahora ignoramos todo lo demás. La recuperación real pasará por respetar, realzar y poner en práctica cada día un siglo de orgullosa tradición. Y entonces, mande quien mande, deberemos contar con todos los nuestros. Eso es con cada butaca de Mestalla y con el regreso definitivo de Kempes. Una leyenda intocable a la que no deberíamos hacer esperar 40 años para abrazar el club que nunca dejará de ser suyo.