He llegado a la conclusión de que ya poco importa el rival que se tenga enfrente porque el principal enemigo de este Levante es el mismo Levante. Es una frase manida y recurrente pero sinceramente es la que más se ajusta a la situación que ahora mismo vive el equipo. Sinceramente no me daría más confianza o tranquilidad jugar el fin de semana con Elche, Mallorca o Cádiz porque después de lo vivido hasta el momento, apostar por el triunfo es casi un juego a la ruleta rusa.

El pasado viernes el sentir al salir del Ciutat era el de aferrarse al optimismo forzado. Hubo compromiso y actitud, es lo mínimo a pedir a un club profesional, pero no fue suficiente. La ansiedad se ha asentado desgraciadamente en Orriols y lleva camino de quedarse durante un tiempo. Lo definió Pereira a la perfección al final del partido contra el Athletic. La falta de autoestima y la ausencia de fe, complican el último pase, bloquean la capacidad creativa y hacen que sea muy difícil el generar ocasiones y marcar. Así es ahora mismo el Levante. Un equipo robotizado, lento en mecanismos, previsible para el rival y un mar de nervios e impotencia.

Me obceco en no querer mirar atrás pero duele reconocer que este Levante no mejora al que dirigía Paco López. Y digo que duele no por Paco, al cuál el levantinismo y un servidor le guardan una gran estima, si no porque el radical efecto que se esperaba con el recambio en el banquillo no ha existido. Ese aguijonazo que normalmente se traslada a los jugadores cuando llega su nuevo jefe ni siquiera tuvo consecuencias en el debut frente al Getafe. Las buenas maneras mostradas ante el Atlético y el Athletic están muy bien, pero saben a muy poco. Con estos elementos expuestos será muy difícil salir del atolladero y evitar el abismo. Hay que ofrecer mucho más.

Las próximas semanas son claves por muchos motivos. En lo deportivo, el Levante está obligado a impulsarse antes de que acabe una primera vuelta que está siendo una penitencia. En la parcela económica los números no divisan un paisaje idílico. Todo lo contrario. Si hace unos años, la bonanza y la buena gestión en las arcas eran motivo de orgullo, ahora es momento de calculadora y de obligaciones, la primera y urgente, apuntalar al equipo para no descender. Situación contradictoria cuando antes del 30 de junio habrá que vender sí o sí con el atenuante de que activos de calibre como Campaña, Bardhi, De Frutos o Aitor habrán bajado su caché salvo giro inesperado en la segunda fase del campeonato.

Sigo negándome a la rendición pero es inevitable pensar en cuánta cuerda le quedará a Javier Pereira si no se inaugura pronto el casillero de victorias. Aunque de momento es una posibilidad que ni siquiera se quiere valorar, el crédito inevitablemente se acerca a los números rojos y aquí llegará el gran papelón para Quico Catalán. El presidente estará obligado a tomar la última decisión después de que la recomendación desde la Dirección Deportiva no haya funcionado. Son hipótesis que ojalá nunca sean reales, pero que están peligrosamente cerca de serlo. Sigo con añoranzas y me viene aquel brillante inicio de temporada en el Villamarín de 2018 con la exhibición de Morales. Qué bien vendría ahora un partido así.

No quiero concluir sin destacar el nombramiento de Enric Carbonell como nuevo Director General del Valencia Basket. Desde aquí le deseo toda la suerte del mundo. Joven y preparado, lo más importante es que entre otras cosas, es un hombre de baloncesto. Haber vivido desde dentro el deporte siempre es un añadido. No lo va a tener fácil, pero seguro con tesón y trabajo lo puede sacar adelante. Tomará el testigo de Paco Raga, persona a la que hay que agradecer una vez más su lealtad y servicio al club, y que aceptó, tras jubilarse, el cargo en período de transición. Un gran espejo al que Carbonell seguro mirará.