Era el fin de semana de Ferrari: todo el mundo daba por descontado que los coches rojos conseguirían las dos primeras plazas en el Hungaroring. Era una obligación, especialmente para Leclerc, después de tirar a la basura la victoria en la carrera anterior en Paul Ricard. Pero todas las ansias de los de Maranello se desvanecieron por una mezcla de errores estratégicos, fallos en las paradas en boxes y falta de rendimiento en pista.

Lo que más escuece es, sin duda, la victoria de Verstappen, que había quedado contra las cuerdas en la calificación del sábado por un fallo de motor. El holandés, partiendo desde la décima plaza lo tenía casi imposible para pisar el podio.

Para Ferrari el inesperado contrincante fue un renacido Mercedes. Salido de la nada, Russell le levantó la pole a Sainz por escasas milésimas. Era el anuncio del desastre: en la carrera ni el español ni Leclerc pudieron con el Mercedes en las primeras vueltas. A partir de ahí, el caos. La lentitud de las paradas de Carlos, los neumáticos duros en Leclerc… una detrás de otra las malas decisiones alejaban más y más ese objetivo de reducir distancias. Y llegó Max. Al holandés ni le afectó el trompo completo que sufrió, acabó bañado en champán en el podio y más líder en el Mundial.

Carlos Sainz y Lewis Hamilton CHRISTIAN BRUNA

La prensa italiana remarca el abismo de puntos que se abre entre Max y Charles. Un precipicio que de seguir la tendencia de errores que hunden más y más a la Scuderia acabará por abrirse bajo los pies de Binotto. El director de Ferrari ha pasado de tener que preocuparse por evitar una guerra entre sus pilotos a buscar excusas en la competitividad del coche para justificar los inventos que les hacen perder puntos en cada gran premio. Esperemos que el parón veraniego ayude a los de Maranello a creer en el “stop inventing”.